REFLEXIONES: EL ODIO COMO PARTE DE LA LUCHA
Algunas puntualizaciones a propósito de recientes declaraciones de Manini, 2 de octubre de 2020

 
María de los Ánhgeles Balparda, Hernán Salina y Diego Martínez en el estudio ‘Germán Araújo’ de Radio Centenario

Hernán Salina: En estas horas previas al debate en el Senado, del pedido de la Justicia para concretar el desafuero de Guido Manini, frustrado finalmente; apareció de vuelta en alguna declaración a la prensa que hizo el líder de Cabildo Abierto, el concepto del ‘odio’, de que algunos familiares de detenidos desaparecidos -dijo Manini Ríos- por se manejaban en el tema con el concepto del odio. Intentando con eso desautorizarlos ante la gente como que de alguna manera con ese concepto los criminalizás, los desvalorizás ante la gente.
Entonces, en estas horas conversábamos aquí entre los compañeros de la Radio, sobre ese concepto y sobre el riesgo de dejar pasar que esa idea, que el concepto del odio, sea algo que genere un rechazo unánime. Es decir, manejar la idea del odio es algo malo, es algo que hay que desechar y que es unánime eso, decir odio, ahí no hay banderas políticas que levanten al odio como un elemento que pueda utilizarse como algo positivo. Y por eso nos estamos acompañando con la marcha de la bronca.
Y por lo menos queríamos -no nos vamos a poner con filosofía profunda, ni mucho menos, para lo que no tenemos capacidad además- pero sí tirar sobre la mesa en medio de esto, no dejarle pasar ese concepto en estos tiempos también que tanto lo enarbola Manini como otros, no solo hacia los familiares, sino también por ejemplo hacia los trabajadores, que no odien porque somos todos uruguayos, no odiar al que tiene más, ese tipo de cosas.
Y no hablamos del odio doméstico, de odio al vecino, del odio a la expareja, del odio más ramplón, que como sentimiento pueda afectarnos sí a nivel de salud, de salud mental, y hasta de reflejo en la salud física; de ese odio mal utilizado que puede volverse contra nosotros en ese sentido. Hablamos del odio casi como una categoría política, como un ingrediente de los valores o de los elementos que colectivamente se toman para enfrentar una adversidad. Podríamos decirlo fácilmente diciendo que es necesario hasta para pelear por la libertad, por ejemplo. Porque ¿quién habló de odio? ¿Quién utilizó varias veces el concepto de odio? Alguien que Manini Ríos se precia de mencionar: Artigas habló de sentir odio.


María de los Ángeles Balparda: Había jurado un odio eterno ¿no?

HS: Exactamente.
Es la frase, la primera que nos viene a la cabeza cuando se habla de ese concepto, Artigas dijo:
“Los orientales habían jurado en lo hondo de su corazón un odio irreconciliable, un odio eterno, a toda clase de tiranía; que nada era peor  para ellos que haber de humillarse de nuevo, y que afrontarían la muerte misma antes de degradarse del título de ciudadanos, que habían sellado con su sangre”.

Habían jurado dijo Artigas, un odio irreconciliable, él lo reafirma.
No es que es un odio transitorio, un odio que se pueda negociar, un odio que vos puedas decir: ‘bueno pero no es tan malo al final, por qué nos vamos a enfrentar’. Sino un odio como componente de una firmeza para enfrentar una dimensión de obstáculo que es un enemigo que te quiere someter, que es ineludible no sentirlo.
Hay otras frases que usó Artigas también con el odio que decía:
“Los tiranos no por su patria, sino por serlo, son el objeto de nuestro odio”.
Ahí él estaba focalizando también. No es un odio a los yankees, del que se habla o un odio a los militares en general, sino un odio al que sembró el terror y -en caso de los familiares- al que te arrebató la vida, hizo horrorizar a niños, a tus familiares, pasó por la tortura… Todo eso que tantas veces se dice que se corre el riesgo de diluir a veces en aras de un mundo que hoy rechaza ese tipo de firmeza.
Hay una periodista española, Arantxa Tirado, una docente catalana que señala que esto se vincula también a otro concepto muy importante en la historia de la lucha de los colectivos humanos de los proyectos revolucionarios, del cual hablaron también los pensadores y líderes de los procesos revolucionarios de los trabajadores y de los pueblos, el concepto de odio de clase; de que vos para tumbar el dominio de ese 1%, por decirlo a una escala mundial, que no sabe qué hacer con la plata que tiene, y que tiene animalitos que viven en una situación mucho más lujosa que millones de seres humanos ¿No es auténtico ese odio al ver que tus hijos pasan hambre, y viven en la degradación, mientras ellos están disfrutando en un yate en el medio de algún mar poblado de turistas?
Bueno Arantxa Tirado, cuando hablaba de un libro que estaban presentando, un periodista le pregunta:
-Mencionás en el libro que escribes ‘con un orgullo y sentimiento de clase’ y en esa lógica también con un ‘odio propio de nuestra clase’. ¿Cómo se explican estos conceptos cuando ya no se habla de lucha de clases?
Y Arantxa dice:
-Con odio de clase y rabia, sí.
También nos acusan de ser unos resentidos sociales y bueno, en cierto modo sí que lo somos, y cómo no serlo cuando te has socializado de forma subordinada en el capitalismo y encima pretenden desaparecerte de la historia.
Las injusticias que en este sistema capitalista padece la clase trabajadora por su sola ubicación en el sistema productivo, la pone en una situación de debilidad: te cuesta encontrar trabajo, si lo encontrás te pagan una miseria, te cuesta llegar a fin de mes; podés llegar a ser pobre incluso trabajando un montón de horas al día y encima tienes que aguantar que se ningunee o ridiculice a los trabajadores con los discursos hegemónicos existentes en los medios de comunicación.

Cuántos programas de humor hay, ¿no? que se burlan de los reclamos de los trabajadores.
-Eso es lo que nos genera rabia, dice esta docente catalana, y en cierta forma es positivo porque creemos que es el motor de la transformación.
El otro día, dice ella, leí una frase de Malcom X que dice que cuando la gente está triste y deprimida, pues, solo llora y no se siente capaz de cambiar nada. Pero cuando la gente está enojada, ahí viene la posibilidad de la transformación. Desde ese enojo -ese cabreo dice la española, esa bronca- es el que ayuda a transformar la realidad, de ahí la importancia de canalizarlo políticamente también. Pero no solo el odio, sino también el amor, dice,  porque no olvidemos lo que decía el Che: El revolucionario es un ser guiado por grandes sentimientos de amor.

Pero también el Che habló del odio, por supuesto, habla por ejemplo en el Mensaje a la Tricontinental, cuando habla de crear dos o tres, muchos Vietnam. En un momento donde había confrontaciones armadas en muchas parte del mundo, en las década del ‘60, cuando se daba nada más y nada menos que la confrontación en Vietnam, y en tantos otros países, en África, en América Latina, y él hablaba con admiración de lo que estaba pasando en Vietnam, y hablaba de la necesidad del desarrollo de que nuestros soldados, nuestros combatientes, desarrollaran el odio al invasor, el odio al que sometía a tu pueblo, al que hacía sufrir a tu gente, al que exterminaba a tu gente y a nuestra escala no fue un intento de exterminio de nuestro, de lo más avanzado de nuestro pueblo, de los que estaban en primera línea peleando por transformar, lo que protagonizaron los represores en nuestro país. Ni que hablar en Argentina.
Y déjenme decir un apunte de la Argentina, de un médico y psiquiatra argentino, Alfredo Grande, que ha trabajado en la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo, y él dice por ejemplo:

“En tanto el odio está prohibido, degradado, desvalorizado, culpabilizado, la resistencia a la opresión pierde una fuente de energía extraordinaria. El odio queda restringido, y aun así con muchas limitaciones, a los vientos de la guerra”.

Como que solo se puede sentir odio cuando hay una conflagración armada.

“Pero es un odio que ha perdido su nivel fundante. Es un odio que se institucionaliza en un nivel convencional encubridor. Lo que realmente interesa a los efectos de pensar en políticas de liberación del sujeto (siempre social e histórico) es el destino del odio en los tiempos de la tregua.”

Supuestamente ahora estamos en tregua, ahora nadie nos está corriendo a los tiros, no hay una guerra, entonces, como que el odio no tendría lugar.

“Lo que realmente interesa, dice él, dice este psicoanalista argentino de izquierda, a los efectos de pensar en políticas de liberaciones ese destino del odio; aquello que las diferentes formas de la guerra (imperialistas o de emancipación) habían puesto en la superficie, las diferentes formas de tregua vuelven a sepultar.”

Y él pone de ejemplo, a la deuda externa:
A la deuda externa no solamente está prohibido odiarla: también hay que honrarla.

Honrar, como toda forma de democracia, lo que él llama, la democracia sucia, prohíbe odiar.
“Como toda forma de democracia, la sucia prohíbe odiar.
Simultáneamente, construye legiones de rencorosos y de resentidos. Construye condiciones imposibles para que germine el amor, pero luego decreta el imperativo histórico de amar. Los pocos que pueden reconocer en sí mismos la condición de odiantes soportan procesos de exclusión como si fueran portadores de un virus que puede contaminar toda forma de sociabilidad. Si es cierto que en el terrorismo hay odio, no es cierto que el único devenir del odio sea el terrorismo. Las tópicas del odio no se resuelven solamente en su expresión directa, cuando toman la forma de impulsos destructivos hacia el afuera.
Habitualmente, el odio, que es un personaje del cual nadie quiere ser autor, busca el único camino que nadie puede prohibirle: impulsos destructivos hacia el adentro. Esto puede denominarse depresión, ataque de pánico, enfermedad psicosomática, síndrome de fatiga crónica, son todas fatigadas crónicas de un suicidio anunciado. Si es cierto que hay amores que matan, nunca mata más el amor que cuando tiene como meta el ocultamiento del odio que el sujeto tiene prohibido expresar. Está adoctrinado de tal modo que si llega a expresar su odio siente que tiene agarrada una bomba que explota en la mano. Está adoctrinado de tal modo que piensa que el odio destruye especialmente al que odia. Está adoctrinado en que el odio, el rencor y el resentimiento son lo mismo.”

Y no estamos hablando de eso, no estamos hablando de rencor y resentimiento, es muy largo esto, él habla también de cómo desde la religión a los pueblos se les fue arrinconando en que no odiaran, en lo de amar, vaya para qué usaba la iglesia ese sometimiento.


MAB: Nosotros tenemos una audiencia muy amplia, , cosa que agradecemos mucho, de muy distintas posturas sobre distintas cosas, el tipo de compromiso que tiene con la vida, la forma que ha elegido de vivirla. Nosotros tenemos gente que es atea, tenemos gente que es cristiana, de distintas religiones, tenemos psicólogos que escuchan la radio, puede haber una diversidad muy grande entre nuestra audiencia, cada uno tendrá algo, estará pensando algo, o estará diciendo bueno también habría que agregar tal cosa, que está bueno, si lo quieren compartir, lo comparten y nosotros lo ponemos aquí para que todos los oyentes lo tengan, por supuesto que como decía Hernán, alejándonos de eso que muchas veces se usa. Hay lenguaje que uno usa: ‘odio cuando’ tal cosa, ‘te mataría’. No es eso, a veces uno entiende que hay lenguajes, yo qué sé, ‘odio que le pongan mucho dulce de leche a una masita’. Eso es otra cosa.
No estamos hablando de eso. Estamos hablando de una cosa mucho más profunda y de un sentimiento, vamos a ponerle, una emoción, que es inherente a las personas, todas las personas, igual que con el tema de la violencia, con el tema de la violencia también es una cosa, ojo no vayas a odiar, ojo no vayas a tener comportamientos violentos, pero como en una regla que hay que respetar, es un dogma, no se puede ser así, el tema del amor, todo eso, que en los últimos años, y no es casualidad, ha crecido muchísimo.

 

DM: Y se manipula además el odio desde los lugares de poder para que el odio vaya dirigido en los sentidos que son más, porque hay que decirlo también, no es que no se promocione el odio, para poder sostener los sistemas de control y los financiamientos a determinadas estructuras de represión, se fomenta el odio en la sociedad que dice que hay que tener mucha policía, que hay que tener mucho control.

MAB: No te dicen la palabra, no dicen la palabra, pero si a vos te muestran como mostraron ayer y antes de ayer, los allanamientos en Pando, creo que era en Pando, corriendo por los techos policías de particular con sus armas claramente exhibidas, cuando agarran a uno tirarlo al piso y ponerle el pie encima, dejarte escuchar en la televisión que diga, tengo hijos, no dejes que mis hijos vean esto, el que está en el piso, ¿qué promueve eso?, no sé, ¿qué tipo de reacciones podría tener? ahora, digo para estar, uno tiene que estar sabiendo que hay quienes tienen la intención de que vos pienses así, te sientas así, y que te prohíbas vos mismo de determinadas cosas, hay una cantidad de palabras que no se pueden usar, no se puede decir enemigo, si vos decís, cuántas veces a lo largo de los años en alguna conversación alguien nos dijo, no pará, enemigo no, ¿cómo es que dicen?

HS: Adversario

MAB: Adversarios, que una cosa es adversario, otra cosa es enemigo, hay un cuidado muy delicado del sistema de que determinadas palabras no se usen, de algunas palabras darlas por jubiladas, hay palabras que ya no se usan más, se suplantan con otras, y a través de las palabras te forman a vos el pensamiento también, yo qué sé, no tiene que ver con el odio, pero el tema de la empatía, ahora no existe más la solidaridad, ahora hay empatía, y vos podés decir, bueno es una pavada, el lenguaje es vivo, el lenguaje se va renovando, pero vamos a ver los contenidos que ponemos en cada palabra, en qué sentido, en qué momento se hacen esas opciones.
En el tema de la religión para la gente religiosa es un tema pesado este, yo me acuerdo siempre, mi madre era muy católica, y por ahí por el 73, que acá las cosas estaban muy, muy mal, un día en reuniones que hacía el cura en el barrio, en casa de familia, mi madre se lo planteó al tema, le dijo, mire yo sé que no, era amiga del cura, yo sé que no se puede odiar, pero yo odio, odio a fulano, odio tal cosa, le dijo un montón de cosas que odiaba, y el cura no le dijo que no odiara, no le dijo está bien, ódielos, pero no le dijo nada, digo porque también y acá se me pasan por la cabeza los nombres de los oyentes que son católicos, que nos están escuchando y que deben tener cosas para decir, tratar de que no te arrinconen para que vos tengas que pensar cómo te sentís, tengas que decidir qué hacés y qué conducta tomás, y que se rescate, hay que resguardar también determinados conceptos, porque a vos te pueden decir, no se habla más de la lucha de clases, si pero existe, aunque vos no la nombres, existe la lucha de clases, sí o sí, es una definición, mientras haya uno que yo qué sé, que es dueño de medio Uruguay y que hace lo que se le canta, y el otro revuelve la  sura para comer, o no cobra 4 meses, o le cortan la luz porque no pagó, mientras el otro vive tirando la luz, gasta la energía sin mirar cuánto gasta.

DM: O ese que es dueño de medio Uruguay le paga cualquier salario de hambre a sus trabajadores.

MAB: Claro, o vos ves gente que compra carcasa en la carnicería y el otro de los cortes más caros, y no pregunta cuánto me sale, yo ayer vi a una señora comprando costilla, pidió tantas, se las pusieron en la balanza, dijo sale tanto, no, sacame una, sacó una, tanto, sacame otra, hasta que llegó a la plata que podía pagar, esto yo no estoy hablando de una cosa rara, es una cosa que las ves todos los días, eso es lucha de clase también. Entonces hay que resguardar digo como para la gente que está interesada en que el mundo cambie y en el caso nuestro, nuestro país cambie, pero que cambie a favor de los que siempre perdieron, a los que siempre dejaron de lado, hay que resguardar porque sino un día vos decís, pero y cómo llegué acá, por qué se debilita la lucha de los trabajadores, porque se trabaja también sobre eso, se trabaja sobre la mentalidad, se trabaja sobre las ideas, se trabaja sobre lo que determina el qué hacés después, entonces hay que tenerlo como preocupación también, tomarse el tiempo, y cada uno aportar en lo que puede aportar para estas cosas.

HS: En el Mensaje a la Tricontinental del Che que mencionábamos, las frases que él maneja ese concepto directo, el Che dice:

“El odio como factor de lucha, el odio intransigente al enemigo que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar, nuestros soldados tienen que ser así, un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal”.

Decía el Che en ese contexto de los enfrentamientos armados que se daban, y esta docente española que presentando este libro, hablaba sobre esto del odio de clase que vos mencionabas Ángeles, ella dice:

“Hablar de odio de clase puede sonar muy agresivo y violento, pero más violento es este sistema, más violento es que la gente tenga que mendigar un trabajo o que te echen de tu casa, y encima te quedes con una deuda de por vida con un banco en este país. Más violento es que a nuestras abuelas las violaran los señoritos por ser criadas cuando trabajaban en casas ajenas.”

Eso es más violento que tener odio a quien te está infligiendo un dolor, un padecimiento o un sometimiento. Y Alfredo Grande, este psicólogo argentino, habla de que solo puede procesar el odio en esta sociedad, odiándose a sí mismo, el sujeto -dice- sintiéndose culpable:

“Culpa que nuevamente pone en riesgo la autoconservación, porque siempre está acompañada de sensaciones de impotencia, parálisis, confusión. Tiene prohibido odiar, pero tiene permitido culparse. Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa. Y esta culpa es una forma de mantenerlo como sujeto escindido de los colectivos sociales a los que pertenece, es decir, lo mantiene en una forma larvaria denominada individuo. Aislado, sumiso, arrodillado, pidiendo perdón por lo que nunca se animará a realizar. Pero sin odiar a nadie, siempre en la obligatoriedad de amar amando aunque en un saber no sabido intuya que son muy pocos los que son dignos de ese amor. El propio sujeto tampoco se siente digno de ser amado. ¿Cómo entonces podrá encontrar dignidad en el odio?”

Y dice este psiquiatra y psicoanalista argentino que:
“El odio implica en el sujeto una operación de corte con la amenaza, una neutralización y anulación de todo lo que se opone a la continuidad de la vida.”

 

MAB: Muy bueno. Y hay mensajes de los oyentes.
Mónica Lanzaro dice: “Parafraseando a Quino a través de Manolito, si alguien golpea tu mejilla izquierda, ve y aprende karate”, esta es la frase que recuerda.
Graciela dice: “Hablando del odio que preocupa a las altas esferas, habría que preguntarse cómo nace, nace del verdadero amor que lleva a sentir deprecio a todo aquello que sea irreconciliable con él, pero si a ello se le suma un sentimiento de injusticia como es que no les permitan a los familiares encontrar los restos de sus seres queridos, eso provoca un profundo desprecio a los responsables”.
Lorena dice: “Saludos a los compañeros de la radio, muy interesante el análisis del psicólogo argentino, sobre todo en los tiempos que corren, donde el odio es utilizado como moneda corrientes y se utiliza el positivismo de forma que anestesie al pueblo. El odio está reservado solo para los que gobiernan, el pueblo tiene que desear fuerte para cambiar su realidad, el positivismo en estos tiempos funciona como el opio en la sociedad”, muy bueno el mensaje.
Y Rina, manda un audio: “Buenos días, estaba escuchando Ángeles con mucha atención, como escuché al muchacho del Partido Humanista, y te voy a decir una cosa, en general en mi caso particular trato de no odiar, y digo trato, porque tengo una anécdota de muy pequeña, mi papá era ateo, mi mamá era muy católica, y una vez mi mamá dijo, qué odio, refiriéndose a Poncio Pilato, y mi papá le contestó, pobrecito el Poncio, culpable de todo lo que hicieron los judíos, que fueron los que entregaron a Jesús en vez de entregar al ladrón, en realidad Poncio Pilato siempre fue una víctima, y bueno por qué te digo esto, porque en realidad nosotros somos víctimas de un estado terrorista, de gente muy malvada, de gente que las piensa todas cómo jorobar al obrero, cómo jorobar en general, vivir bien y dar lo que les sobra, porque en realidad toda esta gente da lo que le sobra, y cuando tú realmente das, no das, compartís, un abrazo compañeros”.

HS: Una última frase para cerrar esto, de este psicoanalista argentino, él dice:
“Se llama a luchar contra la pobreza, cuando de lo que se trata es de luchar contra la riqueza. La teoría de las copas derramadas solamente ha servido para aumentar el consumo de champagne, con o sin pizza. Pero no hay odio hacia el represor. Incluso hay cierta admiración. Cierto respeto. Cierta envidia”.

 

ANEXO:
En el programa tomamos parte de estos materiales:

1) MENSAJE DE LA 36 del 11 de junio de 2007
EL PENSAMIENTO ARTIGUISTA
http://www.radio36.com.uy/mensaje/2007/06/m_110607.htm

2) “Odio, luego... existo”

Alfredo Grande
Universidad Popular Madres de Plaza de Mayo

 

“Pienso, luego existo. Pero si pienso cómo existo, entonces no pienso más.”
Descarte posmoderno

El sujeto sabe que todo lo obligatorio es un dispositivo para su desdicha, pero sobrevive con la convicción encubridora de que sin obligaciones cada uno haría lo que le gustaría, lo que se le cantara, y tiene miedo de desafinar. Ya no aspira a lo sublime, pero sigue temiendo al ridículo. Es mejor lo que no gusta y es peor lo que gusta. Cuanto peor, mejor. Hay que pasar el invierno, el verano, el otoño, aunque cada vez queden menos primaveras. En tanto el odio está prohibido, degradado, desvalorizado, culpabilizado, la resistencia a la opresión pierde una fuente de energía extraordinaria. La confusión nada ingenua entre paz y tregua contribuye decididamente a este mecanismo. El odio queda restringido, y aun así con muchas limitaciones, a los vientos de la guerra. Pero es un odio que, como veremos, ha perdido su nivel fundante.
Es un odio que se institucionaliza en un nivel convencional encubridor. Lo que realmente interesa a los efectos de pensar en políticas de liberación del sujeto (siempre social e histórico) es el destino del odio en los tiempos de la tregua. Aquello que las diferentes formas de la guerra (imperialistas o de emancipación) habían puesto en la superficie, las diferentes formas de tregua vuelven a sepultar. El sujeto ignora que no se trata de política sino de guerra, y por lo tanto no se puede hablar nunca de paz, apenas podemos hablar de tregua. A esta democracia que se pretende no adjetivada bien podríamos adjetivarla como sucia. El contrato social tiene su versión flexibilizada y contable, y tiene como único objetivo el genocidio financiero. Que busca su propia fortaleza buscando blindaje internacional. Y reconciliación nacional. A la deuda externa no solamente está prohibido odiarla: también hay que honrarla. Honrar, honra. Los honrados funcionarios que aseguran la continuidad jurídica del Estado, aunque nada les importe la continuidad biológica de las personas. Por lo tanto, tampoco habrá continuidad psicológico-social.
Seguirán desapareciendo generaciones, y será eternamente cierto que nunca volverán las oscuras golondrinas. Excepto bajo la forma de capitales golondrina, denominación  estéticamente más bella que capitales buitres, o capitales hiena. La dominación también tiene su estética, aunque algunos denominan a esto publicidad. Y será premiado el que logre la forma más bella de sometimiento a las prácticas depredadoras del marketing. La democracia sucia instituye el anatema del odio, de la bronca, de la furia.
Los estallidos son cuidadosamente vigilados, y toda forma de corte con el modo de producción capitalista, aunque sea en la cruda materialidad de un corte de ruta, es castigado hasta con la muerte. Si de honrar se trata, honremos a Aníbal Verón, mártir de Tartagal, y a las víctimas de los que buscando nichos del mercado han construido un mercado de nichos. Que pueden ser recuperados comercialmente, como cementerios privados, el último country. Como toda forma de democracia, la sucia prohíbe odiar.
Simultáneamente, construye legiones de rencorosos y de resentidos. Construye condiciones imposibles para que germine el amor, pero luego decreta el imperativo histórico de amar. Los pocos que pueden reconocer en sí mismos la condición de odiantes soportan procesos de exclusión como si fueran portadores de un virus que puede contaminar toda forma de sociabilidad. Si es cierto que en el terrorismo hay odio, no es cierto que el único devenir del odio sea el terrorismo. Las tópicas del odio no se resuelven solamente en su expresión directa, cuando toman la forma de impulsos destructivos hacia el afuera.
Habitualmente, el odio, que es un personaje del cual nadie quiere ser autor, busca el único camino que nadie puede prohibirle: impulsos destructivos hacia el adentro. Esto puede denominarse depresión, ataque de pánico, enfermedad psicosomática, síndrome de fatiga crónica, son todas fatigadas crónicas de un suicidio anunciado. Si es cierto que hay amores que matan, nunca mata más el amor que cuando tiene como meta el ocultamiento del odio que el sujeto tiene prohibido expresar. Está adoctrinado de tal modo que si llega a expresar su odio siente que tiene agarrada una bomba que explota en la mano. Está adoctrinado de tal modo que piensa que el odio destruye especialmente al que odia. Está adoctrinado en que el odio, el rencor y el resentimiento son lo mismo. Está adoctrinado para vivir en la confusión, y ya sabemos que a río revuelto, ganancia de los pescadores que ahora practican el telemarketing. No pretendo realizar un elogio del odio. Pero al escribir esto, me doy cuenta de que es exactamente lo que pretendo.

Elogiarlo que no es lo mismo que idealizarlo. La idealización del odio termina siendo una vuelta contra sí mismo, termina el sujeto apuntando al blanco equivocado, y si alguna vez se quemó con leche, no llora al ver una vaca sino que prefiere matarla.
El odio es mucho más preciso que el amor. Si el amor es ciego, el odio tiene una excelente visión. Y es convertido en anatema por lo mucho que abre y no por lo poco que cierra. Sostener el odio en una sociedad que ha transformado la hipocresía, el cinismo y la cobardía en políticas de Estado es sostener el lugar del idiota del pesebre. Idiota que no solamente dice que el rey está desnudo, sino que además lo odia por haber transformado el amor de su pueblo en una estrategia para someterlo, explotarlo y envilecerlo.
Pero el odio ha sido desalojado y dos mil años de formaciones reactivas cristianas no han sido sin efectos.
Las operaciones militares-clericales sobre la reconciliación y el perdón a los que nunca pidieron perdón, tienen como supuesto básico que el odio quede sepultado. Se puede apelar en todo caso a ideas de justicia neutralizadas, pero operando con la misma lógica desapasionada de cualquier profesional del derecho. Será justicia, como dicen los escritos de los juristas. Será justicia, pero no es. No es justicia ni lo fue, porque las leyes han perdido la legitimidad que debieron sostenerlas. Si puede haber legitimidad sin legalidad, nunca puede haber legalidad sin legitimidad. Tampoco se trata de apelar a la memoria, sino que de lo se trata es de sostener la potencia erótica de los recuerdos. La memoria tiene que ver con la muerte (in memoriam...). Los recuerdos tienen que ver con la vida. Porque el recuerdo es un acto en el presente, no una evocación del pasado. Ni siquiera para la reivindicación de ese pasado. Si los actos del presente no prolongan las luchas del pasado, si los actos del presente no prolongan los cuerpos históricos del pasado, la memoria se instituye como otra de las formas de la hipocresía republicana. En los recuerdos volvemos  a encontrar las mismas emociones, los mismos sentimientos, los mismos ideales, los mismos amores, los mismos odios de aquellos que  encontraron la muerte no buscando la inmolación, como algunos señalan, sino peleando la revolución. Al negar la muerte decretada desde adentro, se encontraron con la muerte decretada desde afuera. Porque siempre hay algo personal en toda decisión de enfrentar los mecanismos de dominación. Algo personal, porque es la totalidad del sujeto que está implicado en sus actos, es la totalidad del sujeto que está implicado en sus ideales, en sus sentimientos, en sus odios y en sus amores.
Nada personal, dicen los tecnócratas de la muerte, organizados en mafias oficiales o clandestinas. Todo personal, dicen los luchadores de la vida. Porque la dimensión personal es política, erótica, histórica y social. Porque la persona solo deja de ser personaje cuando puede construirse como sujeto. Sujetado pero tampoco totalmente sujetable. Muchas veces ladrando sin llegar a morder. Pero tampoco sin dientes, y menos aún convertido para siempre en león herbívoro. Intentaré revisar la génesis del odio, las formas cotidianas en que se expresa, su expropiación subjetiva por las masas artificiales, los destinos a los cuales está convocado, su cualidad revolucionaria. Y especialmente, remarcar que no hay contradicción con el amor verdadero, aquel que no necesita de la ceguera para poder desplegarse. Una sola advertencia, sin dejar de reconocer que siento cierto pudor solo de realizarla. Quizá sea una advertencia a mí mismo, porque yo también fabrico mis propias formaciones reactivas democratizadoras. Estoy intentando realizar un análisis institucional del Odio, no lo estoy recomendando ni lo estoy promoviendo. Apenas procuro su reconocimiento y que se suspendan los tabúes y anatemas que lo condenan y lo marginan. Como se comprende, me estoy curando en salud por temor a generar odio contra mí. Seguir el destino del creador de la guillotina, y ser atacado sin piedad por los delirantes del amor. ¿Vale la pena aclarar que amar al odio no es lo mismo que odiar al amor? Sostener al odio no impide que podamos sostener al amor. Pero sostener ambos con los ojos bien abiertos. Porque una cosa es tener que tragarse sapos y otra cosa es saborearlos. Las dietas de la democracia cuyo menú predilecto es gato por liebre y sapos parlamentarios no pueden despertar ningún amor sincero. Tampoco puedo asegurar que hablar del odio sea para bien de todos. Y que no sea para el mal de ninguno. Pero como dicen que no hay mal que por bien no venga, quizás el tránsito por los caminos del odio nos lleve a otras metas del amor.
El odio como discriminador. Si la Biblia lloraba contra un calefón, lo hacía porque cuando el poeta escribió “Cambalache”, los calefones se colocaban en el baño. La Biblia lamentaba su destino de papel higiénico. La Biblia había podido discriminar con exactitud para qué usarían la suavidad de su papel. Por eso lloraba. Tratándose de un texto sagrado, difícil sería establecer si odiaba al que utilizaría sus páginas para limpiarse. Pero, a no dudarlo, lloraba. La discriminación es la primera operación mental que el Yo debe sostener para mantener la vida. Sostener la autoconservación, mantener la vida cuando recién empieza y cuando está más amenazada, intento en el que más de 55 bebés por día fracasan en la Argentina, sólo es posible discriminando que es lo que sostiene la vida y que es lo que la amenaza.

Sigmund Freud, genio que marcó los límites del individualismo burgués al decir de León Rozitchner, señala que el odio es anterior al amor y que además tiene una génesis diferente. El más primitivo Yo, que Freud denomina Yo de Realidad Inicial, odia aquello que amenaza la autoconservación. En una implacable lógica binaria, lo que ataca la vida es odiado, lo que defiende la vida es amado. Cuando la institución de la maternidad puede organizarse como cuidados al bebé, hay un amor que apaga con leche el fuego del hambre. El odio primitivo, el terror sin nombre, la dimensión traumática del nacimiento, el llanto desesperado con el cual el bebé recibe la nueva materialidad de haber sido parido, es aplacado una y otra vez hasta que la producción de la sonrisa da cuenta del primer encuentro amoroso. El odio será entonces, secundario a la pérdida real o fantaseada, momentánea o definitiva, del primer amor. Los indicadores del odio primitivo, aquel que daba cuenta de la amenaza a la propia vida, quedan sepultados en la exuberancia de la posesión amorosa materna. Ese vínculo inicial dejará una marca que toda dependencia futura podrá buscar y, a no dudarlo, encontrará. La Santa Madre Iglesia será una de las que con más ahínco busque en cada sujeto las marcas del desvalimiento, y al sólo efecto de acentuarlo y profundizarlo. Más malo que pegarle a una madre, y si es a una santa madre, tan malo que sólo puede merecer el infierno, primer chupadero reconocido. Incluso la lógica de la autoconservación es atacada, y la cultura represora señala como egoísta al que se ocupa demasiado de sí mismo. La  cantidad es sinónimo de ataque contra la propia conservación. En estos casos podemos hablar de inmolación, en tanto la muerte es una forma de conseguir otra vida. Para reinos que no son de este mundo. ¿Cómo se puede odiar al que amenaza la vida, si la pobreza es una bienaventuranza? Al César lo que es del César, es decir, mi vida, mi honra, mi familia, mis dos mejillas, mis dos nalgas, mis hijos, mis esperanzas... ¿Queda algo para Dios que no sea dolor y desesperación? Si los que van a morir te saludan, o al menos te votan, no ya como gladiadores sino como contribuyentes del Imperio, no hay lugar habilitado por la cultura para expresar el odio que el Yo primitivo tenía reservado para todo aquello que atacara la vida. Porque me quieres, me aporreas, entonces ¿cómo odiarte? Dormiremos con el enemigo, más allá de sus ronquidos y que nada asegure que podamos despertarnos vivos. Ni siquiera nos animaremos a pensarlo como enemigo,  porque las categorías fundantes han sido trastrocadas para siempre. Solamente podemos pensar en adversarios, en los leales competidores donde los mejores ganan y los peores pagan los impuestos al consumo residual. Nadie saca los pies del plato, aunque cada vez nos queden menos dedos. Cuando sea delito pedir sueldo, ya será tarde. Porque seguramente alguno estará pensando en un fuero laboral-penal para perfeccionar la perspectiva judicial de la protesta social. En tanto la génesis del odio es silenciada, el sujeto solamente podrá procesarlo odiándose a sí mismo por odiar. Entonces se sentirá culpable. Culpa que nuevamente pone en riesgo la autoconservación, porque siempre está acompañada de sensaciones de impotencia, parálisis, confusión. Tiene prohibido odiar, pero tiene permitido culparse. Por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa. Y esta culpa es una forma de mantenerlo como sujeto escindido de los colectivos sociales a los que pertenece, es decir, lo mantiene en una forma larvaria denominada individuo. Aislado, sumiso, arrodillado, pidiendo perdón por lo que nunca se animará a realizar. Pero sin odiar a nadie, siempre en la obligatoriedad de amar amando aunque en un saber no sabido intuya que son muy pocos los que son dignos de ese amor. El propio sujeto tampoco se siente digno de ser amado. ¿Cómo entonces podrá encontrar dignidad en el odio?
Amar y honrar la deuda. La primera operación por la cual el sujeto sepulta la discriminación entre lo que ataca la vida y lo que defiende la vida es el tabú de odiar. Pero esta operación, si bien necesaria, no es suficiente. Hay que continuarla decretando, por las buenas y si es necesario por las malas, que hay que amar al enemigo. Insisto: está prohibido odiarlo, pero además hay que amarlo. Nada de abstenciones o de ir al kilómetro 501. Si no están conmigo están contra mí. Y cuanto peor sea su conducta, cuanto más miserable sea, cuantas más medallas tenga en el escalafón de la maldad, más hay que amarlo. No solamente le doy la otra mejilla para que pueda repetir, si es posible perfeccionado, el sopapo. También besaré la mano que me castiga, porque no hay mérito alguno en besar y amar la mano que acaricia. Y mucho menos cortar la mano del ladrón, ¿porque con qué mano jurarían los funcionarios? Los acreedores deben ser honrados, aunque ellos no perdonen nuestras deudas. Excepto que demostremos que somos tan pero tan miserables que ni cobrarnos pueden. Por lo tanto disfrutaremos del Jubileo del Milenio, demostrando que somos demasiado pobres para poder aspirar a ser honrados. El amor al que no lo merece ha tenido consecuencias trágicas, no siendo la menor el conocido “por algo será”, donde la víctima tenía la absoluta responsabilidad de su destino. Se lo había buscado y lo había encontrado. Si buscaban el palo, al menos les clavaron las astillas. Pero la democracia además de no animarse a odiar a los genocidas cívicos militares, también les entregó muchas pruebas de amor. Cuchi cuchi obediencia debida, de quién es esa boquita punto final, contigo pan, indulto y cebolla, pero preferiblemente de verdeo. El mandato de la reconciliación, de la pacificación, de la unidad nacional, es una forma apenas deformada del mandato de amar a los enemigos. Yo creo que al enemigo sí justicia. Pero justicia popular, no tecnocracia del derecho. La energía que se consume en intentar amar lo que merece nuestro odio y nuestro desprecio muchas veces no logra el propósito de amar al enemigo. Pero siempre consigue al menos que no queden fuerzas para odiarlo. Incluso, cuando el odio a pesar de todo aparece, se lo toma como la causa de futuros males, cuando es solamente la consecuencia de los males pasados. El odio que implica una discriminación objetiva de lo que ataca la vida puede ser impregnado por el amor. En este caso podemos hablar de rencor. El odio implica en el sujeto una operación de corte con la amenaza, una neutralización y anulación de todo lo que se opone a la continuidad de la vida. No solamente nos referimos a la vida biológica, aunque ése haya sido su nivel de expresión más primitivo. Vida es la forma de vivir que construimos y que pensamos que es la vida que merece ser vivida. El rencor es una erotización del odio y prolonga la relación en la interioridad del sujeto. Como dice el tango... “rencor, tengo miedo de que seas amor”. En el rencor y el resentimiento hay una forma deformada del amor, como si en esa forma se prolongara cierta dependencia con aquello que hizo daño, y no dejara de esperarse que alguna vez el que hizo el daño lo reparara. No es cierto que el odio una más que el amor. Lo que puede unir más que el amor es el rencor, justamente porque al no ser nunca satisfecho, se mantiene constante en una demanda de descarga que nunca llegará. La ternura y el rencor son, pues, pares antitéticos. Polaridades en las cuales el sujeto nunca descargará su amor ni su odio. Son dos formas de la tibieza, aquella que promueve el vómito divino.
Aunque no podamos amar al enemigo, la cultura represora se conforma con las  derivaciones tiernas o rencorosas, porque sabe bien que ambas, aun con maquillaje diferente, es el mismo rostro de los sistemas de dominación. Este amor que se afirma no desde su propia positividad sino desde la estrategia de enterrar todo vestigio de odio debe buscar el sacramento que lo eternice. Los escenarios sacramentales son variados, pero en todos ellos no solamente está prohibido fumar, lo que ciertamente está a favor de la vida, sino que está prohibido odiar, lo que ciertamente está en contra de la vida. El  amor sacramental es el recurso privilegiado cuando de atacar a los odiantes de trate. “Hasta que la muerte los separe” cuando hay formas de vivir que separan y formas de morir que unen. Lo sacramental no se desprende de las condiciones históricas de producción, sino que se instituye como eterno. Las instituciones fundantes de la argentinidad no pueden ser atacadas, porque se está atacando a la República. Son sagradas. Nos hemos casado con ellas y no podemos separarnos, ni divorciarnos, solamente amarlas, respetarlas, honrarlas.
Mucho menos odiarlas. Así fue como el servicio militar obligatorio se llevó a demasiados conscriptos, y la honesta sociedad civil fue silenciosa como buena mayoría durante 90 años. Ahora sabemos que el silencio nunca es salud. El amor a veces tampoco.
Del tabú del odio al odio como mandato. La lógica binaria con la cual el primitivo Yo discriminaba entre el enemigo que ataca la vida y el amigo que la protege era una lógica sin zonas borrosas. Ni ambigüedades. Cualquier vacilación podía ser letal. Es un momento previo a la ambivalencia de los sentimientos. Queda sepultado por el imperialismo del amor, al que se supone que siempre es más fuerte.
El odio ya no aparecerá en el adulto como sentimiento puro, sino en sus diferentes versiones: vuelto contra sí mismo como culpa o mezclado con el amor como rencor. En una cultura represora que necesita no solamente dividir, sino también confundir para reinar, cualquier intento de discriminación es atacado.
Y la discriminación del odio es especialmente atacada porque se trata de una discriminación fundante.
Más allá de cómo el adulto sienta sus diferentes pertenencias sociales y políticas, con la misma lógica binaria del primitivo Yo, discrimino dos tópicas excluyentes. Los colectivos autogestionarios y las masas artificiales. En los primeros la legalidad fundante es todos para uno y uno para todos, y sostienen e imaginario que unidos no pueden ser vencidos. Aspiran a la unión de las diferencias, discriminando siempre la diferencia en la diferencia, es decir, lo incompatible. Los colectivos autogestionarios son multiformes. En las masas artificiales la legalidad fundante es ser Uno con el Todo. Aspiran a la unidad, por lo que son atacadas las diferencias como si fueran incompatibles. Son uniformes. Freud describió para modelizar el concepto dos más artificiales paradigmáticas: la Iglesia y el Ejército. Incluso aclara que se trata de la Iglesia Católica y del ejército prusiano. En otras palabras: organizaciones expansivas y con vocación transnacional. Las masas artificiales son la prolongación en la cultura del equipamiento intrapsíquico que Freud describiera como Superyó. Denominación encubridora ya que el Yo, lejos de tener una cualidad superior, bajo la influencia inconsciente de esa instancia repelente, resistente y represora, se transforma en un manso cordero, aunque pueda alguna vez ponerse la piel del lobo o de la loba. Las masas artificiales son individualidades múltiples, porque la ligadura libidinal se realiza mirando hacia arriba y no manoteando a los costados. Lo artificial de la masa es justamente su carácter colectivo.
Porque si bien hay muchos sujetos comprometidos, todos actúan como si fueran Uno. En realidad, son Uno pero esto implica un nivel de análisis más allá de la mera descripción. La forma más depurada de masa artificial es el fascismo. Es el extremo límite al que tiende toda iglesia y todo ejército, la unidad fundacional entre la cruz y la espada, para que toda letra entre con sangre. Será letra represora, donde la marca corporal y mental será una cicatriz que volverá a desgarrarse todas las veces quela dominación imperial peligre. Mundial del ‘78, guerra de Malvinas, alfonsinismo, menemismo, son formas diferentes pero no incompatibles de organización de masas artificiales. El denominador común es la pérdida de la discriminación política necesaria. Pasan a ser más importantes los asesores de imagen que los asesores de pensamiento. La imagen deviene icono encubridor. Siendo diferentes en el ejercicio de sus respectivos poderes, las masas artificiales de las democracias agitan los miedos que las masas artificiales de las dictaduras concretan. Si la política es la continuación de la guerra por otros medios, planes de ajuste mediante, parece ser que por otros medios la democracia es la continuación de la dictadura. La situación de ilegalidad e ilegitimidad de los denominados presos de La Tablada, en realidad rehenes de la democracia, es trágicamente elocuente. ¿Necesitará el Presidente su propia semana trágica, que ya se prolonga por meses? Si las masas artificiales proclaman el amor (el “general democrático” Videla, que al decir de un periodista insomne era lo mejor que nos podía pasar, pontificó que el Proceso de Reorganización Nacional había sido un acto de amor) en realidad ejercitan el odio. ¿Pero no era que estaba prohibido? Lo estaba, al igual que el uso de las armas, para el individuo aislado. O para grupos de ciudadanos por fuera de la maquinaria del Estado. Por eso preocupa más la justicia por mano propia que la injusticia por mano ajena. Los demócratas bien pensantes se aterran ante esa  osibilidad. Qué les asustará más: ¿las artesanías de las propias manos o que pueda haber justicia? Las masas artificiales hacen culto de la injusticia, aunque la denominan costo social del ajuste. El sujeto, expropiado de su odio por el mecanismo de succión de las masas artificiales, está dispuesto a entregarse a sus represores no solamente por temor sino también por amor. Winston, el protagonista de 1984 la novela pesadilla de George Orwell, lloró al descubrir que amaba al Big Brother, al Gran Hermano. No pudimos odiar al enemigo, y entonces empezamos a verlo, a pensarlo, a sentirlo, como amigo. Si el mecanismo de las guerras convencionales es demasiado costoso para eliminar mano de obra, las masas artificiales tienen el recurso de las guerras de la cotidianidad: pobres contra pobres. O exarcebar los nacionalismos más primitivos, y por lo tanto cada sujeto verá en cada extraño a un enemigo. La xenofobia apela al mismo odio que fuera prohibido, pero ahora dirigido no hacia arriba, hacia los poderes represores, sino hacia cada vez más abajo, hacia los que huyendo del hambre y de la muerte ya no encuentran a los proletarios del mundo que quieran unirse. Las masas artificiales monopolizan la agresión, la sexualidad, tanto en su forma sacramental como en sus variedades pornográficas, el odio, la economía, la salud, el ocio, incluso ciertas formas de  comunicación social. Se llama a luchar contra la pobreza, cuando de lo que se trata es de luchar contra la riqueza. La teoría de las copas derramadas solamente ha servido para aumentar el consumo de champagne, con o sin pizza. Pero no hay odio hacia el represor. Incluso hay cierta admiración. Cierto respeto. Cierta envidia.
He intentado explicar estos mecanismos por el predomino de los Ideales del Superyó: la muerte, la amenaza, el dolor, la dominación, la injusticia. Nada más injusto que los juegos de azar. Un solo apostador ganó el Loto, lo que significa que al menos dos millones no ganaron nada. Es injusto, pero a lo mejor la próxima me toca. Desde ir al casino, flotante o no, pasando por el bingo, hasta comprar mayonesa o yerba, todo es una buena excusa para timbear. Hasta la solidaria es una rifa. Y en todo ese mecanismo de infinita injusticia no hay espacio para el odio. Apenas para la resignación y para la perpetua renovación de ilusiones.
El odio como energía. Ninguna cita es neutral. Dime qué citas, y te diré quién eres. Dime a quién citas, y te diré qué quieres. Conseguir una cita habla de nuestro deseo. Realizar la cita de un determinado texto, de un determinado autor, habla de nuestra política. Todos los autores son contradictorios, algunos lo son demasiado, porque todo pensamiento incluye su negación permanente. Con la cita que voy a incluir, de Ernesto Guevara, no digo que todo el pensamiento del Che esté en esa cita. La menciono exclusivamente porque lleva agua para mi molino, y no serán pocos los que me aclaren que hay otros molinos para otras formas de pensamiento. En un texto de mayo de l967 cuyo título es “Crear dos, tres, muchos Vietnam es la consigna”, leemos: “el odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así; un pueblo sin odio no puede triunfar sobre un enemigo brutal”. En la guerra de guerrillas el odio permitía recuperar una capacidad que las “limitaciones naturales” dejaban oculta. La capacidad de matar. Pero una capacidad que se sostenía en una racionalidad recuperada. Odiar al enemigo es necesario para poder enfrentarlo en su dimensión brutal. En esta posmodernidad donde no hay ninguna recuperación revolucionaria de la violencia, ¿podemos hablar de matar? La tregua, como ya señalamos, tiene su propia lógica. No es la paz, pero tampoco es la guerra. Ni la guerrilla. Menos aún el terrorismo. ¿Cuáles son los destinos actuales para ese odio que permite que el ser humano tenga impulsos más allá de sus limitaciones naturales? Impulsos para combatir, impulsos que le permiten enfrentar la brutalidad del enemigo. Impulsos que puedan vencer las limitaciones naturales para la lucha y la resistencia. Estos impulsos que el odio moviliza son opuestos a lo que podríamos denominar los sentimientos de la subjetividad vacía. De lo que se trata, entonces, es de matar las ideologías de la muerte, y matarlas primero dentro nuestro. Reprimir al represor, para que el odio abra el paso al deseo. Esta operación que es mental, corporal, social, histórica, política, ética y estética, no es posible para el individuo, sólo es posible para el sujeto. Y solamente cuando está incluido en la dinámica de un colectivo autogestionario. Recupera un nivel de existencia que tenía prohibido, porque la culpa lo paralizaba. Podía quedarse como abrazado a un rencor, pero no tenía brazos para seguir luchando.
Sostener al odio como discriminador permite mantener contra todo viento y contra toda marea la consistencia, la coherencia y la credibilidad. Trípode de toda política de enfrentamiento y resistencia al ordenamiento naturalizado del poder dominador. Trípode del cual carecen todos los políticos, sean civiles o militares, laicos o clericales, porque han perdido para siempre la consistencia, no pueden sostener ninguna coherencia y carecen de toda credibilidad. Para estos políticos, ser coherente, consistente y creíble es simplemente rigidez. A pesar de eso, el sistema apela como ya lo hicieron los padres de la Iglesia a “creer porque es absurdo”. Si me rebajan el sueldo, es para que esté mejor. No importa que nos defraude, igual hay que seguirlo. La tibieza del voto castigo implica apenas dejar sin postre a quien nos está sacando toda la comida. El verdadero castigo no lo reciben los candidatos, sino que lo reciben los que votan. En realidad es un voto autocastigo. Justamente por eso, hay que sonreír porque, a pesar de que lo disimulan, nos aman. La teoría del mal menor se impone, y ya que no podemos alcanzar la felicidad, al menos intentamos escapar del dolor.
El odio debe acompañar toda política de resistencia al opresor, que es la única que permitirá no resistir al deseo. Amar al enemigo en el mejor de los casos ablanda, en el peor destruye. Si el odio tiene tan mala prensa, si el odio es tan odiado, es posible que lo sea por su potencia para construir. Porque es el ariete que abre el paso del amor, es el verdadero rompehielos para las almas congeladas.
El odio tiene algo de blasfemo. Es sacrílego. No es políticamente correcto. Tiene mal olor. Pero no podemos esperar a que solamente seexprese en un día de furia. Porque en ese caso no romperá solamente los hielos, sino que peligrarán las cabezas de todos los títeres. ¿Se puede construir desde el odio? Pienso que sin odio no se puede construir, no se puede crear, apenas se puede repetir. Para enfrentar al enemigo sin hacer concesiones a lo mejor no es necesario odiarlo, pero seguramente es imprescindible no amarlo.
Tampoco puede ser indiferente. No puede dar todo igual. Pienso que para que un grupo de madres marchara alrededor de la Pirámide de la Plaza de Mayo fue necesario el amor   los hijos, pero también el odio a los represores, a los torturadores, a los asesinos. Marcha circular que terminó siendo una espiral, porque nunca se marchaba dos veces por el mismo río. Espiral que permite el tránsito de la Asociación Madres de Plaza de Mayo, el territorio fundador, a la Universidad Popular, el territorio fundado. La profecía de la Universidad Popular es la continuidad y discontinuidad al mismo tiempo. Porque ahora están las Madres, con los docentes, con los alumnos, y todos estamos con los Hijos. Nada de esto se puede conseguir sin amor. Pero se trata del amor verdadero, aquel que no necesita repudiar al odio que lo ha precedido. El odio no es un pantano que nos apresa. El odio es una catapulta que nos lanza, como si fuéramos las flechas de un anhelo proyectado al porvenir. Dimensión del futuro que para que no sea la mera repetición del pasado deberá incluir la dimensión deseante del sujeto. Al decir de Osvaldo Bayer:
“Las Madres dieron un paso adelante: entraron en la Sabiduría” (Revista Locas, cultura y utopías, número de presentación, dirigida por Vicente Zito Lema) Y el saber sí ocupa un lugar. Siempre fue un lugar de poder, de dominación, de sometimiento. El saber de la Universidad Popular es un saber de liberación. Por eso será atacado sin piedad por aquellos que desde distintas masas artificiales quieren mantener la disociación entre trabajadores e intelectuales. Entre la mente y el cuerpo. Entre la razón y la pasión. Pero desde el saber transmitido por el territorio fundador de las Madres sabemos que solamente asociando el pensamiento y la acción podemos enfrentar afuera y adentro a los enemigos de la vida.
Que hablen las Madres. Sostiene Porota: “No queremos reconciliarnos con el enemigo. Al enemigo lo enfrentamos y lo combatimos con dignidad, con fuerza, con ideales, con una universidad para que el pueblo se eduque, para dejar así lo que nuestros hijos querían: una sociedad diferente. Por lo tanto: ni olvido, ni perdón, educación popular”. Sostiene Hebe: “No vamos a cambiar el camino en que nos pusieron nuestros hijos, que no es ni siquiera el camino que nosotras elegimos; es el camino que ellos nos dejaron y que no lo vamos a ensuciar de ninguna manera: ni con museos, ni con monumentos, ni con reparaciones económicas, que con lo único que tienen que ver es con la reconciliación”.
Para seguir existiendo, necesitamos del amor. Para seguir existiendo, también necesitamos del odio.
Solamente saben amar los que también saben odiar. Y ésta es una sabiduría que nos previene de considerar que somos enemigos de nosotros mismos, que solamente podemos ser conmovidos por la sed de odio y de venganza. Tenemos hambre y sed, pero solamente de Justicia Popular. Justicia del pueblo unido que deje de reconocerse como la gente, agrupamiento de individuos, para reconocerse como colectivo autogestionario, grupalidad de sujetos.
Sujetados, es cierto. Pero estoy seguro de que desde la existencia que el odio garantiza, nunca más totalmente sujetables.