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El Quique, 656

Recientemente , en contacto con viejos compañeros, recordamos cuando éramos hombres numerados, aludiendo al libro de Marcelo Stefanell «Los hombres numerados». Surgieron muchos recuerdos. Este relato lo escribí ya hace algunos años, en memoria de un compañero que ya no está. Salú Quique! Te la debía*.

                              

Los judíos tienen una forma de hablar apretando los labios, pronunciando las ”s” , y mostrando una sonrisa que los denuncia. El Quique no era una excepción. Hijo de judíos austríacos, el padre dentista, el hermano dentista y él mismo dentista. ¡¡Qué forma de meterse en la boca ajena tenía su familia!! Frecuentador de boliches desde los 14 años, cuando se lo llevaban preso por estar tomando caña miel de pantalón corto en el mostrador, cuando ya media 1.85m.
Era 16 años mayor que yo y nos encontramos en Punta Rieles, en un trille con el Viejo Marenales, el Chichi Cámpora y el Bolita Blixen. Yo apenas había cumplido los 18 pero camino a inaugurar Libertad me llevaba los lineazos. Esa noche vino el Ruso Rosencof a la celda y nos dio la mano a todos. El Tito Pereyra se tiro en la cucheta porque ya no bancaba más separaciones…y el Perro Vázquez me revisó las costillas quebradas por última vez.
El traslado fue en la madrugada….en las ”heladeras”…camiones americanos de comunicaciones hechos celdas rodantes…Todos esposados a la espalda, apretados como sardinas.
Con el Quique sentado al lado mío, íbamos adivinando el camino. Era un convoy con 47 presos rumbo a Libertad.
El primero en bajar seria el negro Píriz, en medio de la fila de soldados dando palos y los perros mordiendo….con la mano en la espalda, el garrote trancando el brazo y los soldados golpeando
duro y sin tregua. Mi hermano se perdió en la palizada de garrotes que le caían y el Quique y yo nos empujamos para ser primeros en la puerta. No tenía sentido demorar la viaba, él llegó primero.
Al negro Píriz le tocó el 612, el Chupete Hernández…el último, sería para el resto de su vida el 659.
El Quique, con su rodilla destrozada y sangrante en los baños del segundo piso, con el álferez Ballestrino y su garrote afilado como un lápiz golpeándonos, se robó el 656 para sí.
Cuando yo desperté en la enfermería despues de un garrotazo en la nuca, me enteré que me tocaba el 658.
¡Bienvenidos! La carcel se llamaba Libertad. Era el 8 de diciembre de 1972.
En 1975 nos encontramos de nuevo. Llegó a la celda trasladado del tercer piso…me recibió con esa sonrisa de siempre: “Guacho” fue su primera palabra. Nos quedamos afónicos….mejor dicho, yo me quedé afónico, porque el Quique no decía mucho. Compartimos días, semanas, meses, años. Siempre jugabamos al ajedrez..una partida por día..al mediodía, comiendo un pedazo de pan duro que habíamos guardado y repartíamos en partes iguales. El Quique sabia jugar al ajedrez. Yo como máximo le hacía tablas. Él se calentaba porque yo no arriesgaba, pero yo no quería perder. Otras veces, con sus lentes atados a la nuca leía en voz alta…”El Otoño del Patriarca” le salía como si fuera el mismo García Márquez. Con Luisito Polakoff, vecino de celda, se congratulaban en las festividades judías.

Teníamos muchas discusiones y el Quique tenia una paciencia extrema conmigo. Siempre calmado, con argumentos, pausas y a veces hasta días de silencio. Fue así que me aclaró las diferencias entre ser judío de nacimiento y sionista por convencimiento. Él era judío y punto.
Un día, a las asfaltadas avenidas del Penal, llegó una figura surrealista. Apareció en el horizonte de los bien cuidados y floridos canteros una gorra de plato, chaqueta de uniforme de calle, pantalón de montar y botas de caballería. Algunos miraron sin convencerse. Era un oficial de la Wehrmacht.
Se paseaba ostentoso por las planchadas del penal. Capitán Carlos Warshum.
Era una estampa. Orgulloso de su ascendencia aria, repartía su presencia por todos los pisos del penal.
Sin esperarlo, nos tocó su visita. Entró a la celda. La gorra de plato con el escudo nacional apretadada entre el brazo y el cuerpo. Impecable, corbata, camisa y chaqueta de botones dorados. Y en la mano un libro con la biografia de Adolf Eichmann.
“¿Elgue? -me preguntó-, ”usted tendría que tener el uniforme verde y no el gris”, aludiendo a mi familia de conocidos militares. El hermano de mi padre había sido uno de los jefes de la cárcel. Yo no dije nada.
“Jorysz. Judío, ¿no?”. El Quique admitió con la cabeza. ”Yo soy Warshum, alemán. ¿Sabe usted lo que los alemanes hicimos con los judíos?”
Otra vez el Quique asintió.
”¿Qué le parece, Jorysz?”
El Quique juntó aliento y con su parsimonia le dice: ”Mal”
“¿¡¡Mal!! ?”, exclamó Warsshum y la gorra se agitó de su mano frente a la cara del Quique.
“¿Usted sabe quién era Eichmann y lo que los judíos hicieron con él?”, gritó, como gritan los oficiales antes de pegarte. Y mostrándole el libro le señalaba la foto de la tapa.
Los lentes del Quique de poderoso aumento no pudieron reproducir el color de sus ojos azules, acerados, porque sólo eran una línea.
”Yo sé quien era Eichmann. El responsable de instrumentar la solución final. La muerte de todos los judíos”.
“¿Y usted sabe lo que hicieron sus amigos judíos con el pobre Eichmann?”
“Sí, lo sé” Y en la voz del Quique había un cansancio que le empezaba a cambiar el tono de sus palabras..
“A ver ….digame…¿que hicieron esos asesinos con él?”
El Quique apreto los labios como hacen los judíos …pronunció cada una de las palabras como si fuera la primera vez que hablaba español…
“Lo colgaron con pañales para que no cagara el piso de la horca”.

Esa tarde, era otoño, le gané por primera vez al Quique una partida de ajedrez.
No hubo recreo para nosotros. Estábamos sancionados los dos por faltarle el respeto a un
señor Oficial.
“¿Y, Quique?¿Qué te parece, te gané?” Pretendí alardear.
”Culo”, contestó el Quique, antes de ponerse a silbar su tango favorito: Cambalache.

*Este es el relato que leyera esta semana en Mañanas de Radio Alejandro Jorysz, -uno de los judíos uruguayos firmantes de la condena al genocidio en la Franja de Gaza y el pedido de ruptura de relaciones con Israel- escrito por el expreso político Sergio Elgue, dedicado al padre de Alejandro, Enrique Jorysz, compañero de celda en el Penal de Libertad.

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