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Interrogatorio y guitarreada (*)

Cafrune cantando en la Capilla Sagrada Familia en Villa Lynch-Patagones, al otro día de su arribo en el año 69.Tapado por el arpa, su ejecutante Aníbal Sampayo. Foto del archivo de Miguel Abrecht. Publicada en el portal «Identidad Cultural» en crónica de Ricardo Luis Acebal.

Jorge Cafrune –llamado cariñosamente por los amigos y el público de ambas márgenes del Plata por el apodo de Turquito-, además de ser un auténtico valor del cancionero popular, era también un gran admirador de la revolución cubana y seguidor entusiasta de la lucha de los Tupamaros.

Esa tarde del 26 de abril de 1972, llegué a su casa de campo en Los Cardales, a unos cuarenta y cincos kilómetros de la Capital Federal. Por una grata casualidad, ese día estaba leyendo las Actas Tupamaras, que había adquirido según me dijo, en una librería de Chile.

Era gracioso y reconfortante ver al Turquito reir a carcajadas, cuando leyó en el libro que, los Tupamaros , en la Cárcel del Pueblo , hacían sentar al banquero, terrateniente y fascista , Pereyra Reverbel, en una bacinica de niños, la que tenía pintada en su parte exterior , un patito amarillo, para que cumpliera sus necesidades fisiológicas.

El Turquito, sin siquiera remotamente sospechar mi vinculación con los Tupamaros, gozaba de la lectura y me decía: “Son bárbaros estos Tupas. Yo los admiro de alma!”.

Años después, ya en la cárcel, la noticia de su muerte  estremeció mi corazón. Fue para mi un golpe duro, porque le tenía un gran afecto. Jorge Cafrune era un hombre que se sabía ganar el corazón de los  amigos.

Aquella vez, después de conversar largo y tendido con el Turquito decidí seguir viaje, luego de levantar un arpa que, dos años atrás , al final de nuestra última patriada de canto y guitarra por el sur, había dejado en su casa. Nos abrazamos por última vez. Ya no lo volvería a ver. Partí haciendo rugir el motor de mi rastrojero, rumbo a las verdes llanuras de la provincia entrerriana, salpicada de “ñandubayses” y palmeras.

Mientras iba engullendo leguas, con la aguja del cuentakilómetros en los ciento veinte y muchas ansias de llegar, iba pensando en el Turquito, que siempre tenía las manos dispuestas y el corazón abierto de par en par para tirarle una cuarta a los que ambicionaban llegar a los escenarios mayores, como Cosquín, y allí amparó a Mercedes Sosa, a Larralde y muchos otros. Por lo que a mí respecta, le debo la popularidad de muchas de mis canciones, que en verdad fueron realizadas magistralmente por su inimitable voz.

Al otro día de este encuentro tan emotivo,  me topé con reverso de la medalla, es decir con un trance difícil que tuve que superar con serenidad y astucia. La música, aquí , jugó también un papel muy positivo. Me detuvieron en la Prefectura de Colón-Entre Rìos-, y a punta de metralletas, fui conducido a las dependencias de jefatura. Se me acusaba de conducir armas para el Uruguay. Revisaron la camioneta con ansiedad de sabuesos, sin resultado alguno.

Los jefes quedaron desorientados ante el fracaso, pero seguían desconfiados, por lo que resolvieron dejarme algunas horas detenido, según lo manifestaron, hasta aclarar definitivamente  con Buenos Aires mi inocencia o mi posible participación en la “subversión internacional”. Mientras tanto, se corrió la voz por toda la ciudad de Colón, con la noticia de mi detención.

Comenzó, entonces, a aglomerarse, frente a la Prefectura, una multitud de vecinos que trajo a las autoridades un problema, dado que el pueblo requería información sobre mi persona y las autoridades guardaban “absoluta reserva , por ser un secreto profesional, que sólo incumbe a la policía.

Así estaban las cosas cuando arribó el personal de la emisora local a entrevistar a los jefes y, si era posible, al artista preso.

-Hay que esperar que conteste Buenos Aires- respondieron las autoridades.

El montón de vecinos se fue engrosando y comenzaron a rodear el recinto, por lo que aquello trajo a mis oídos el vivificante rumor del pueblo, y me dije: “Ya no estoy solo. Si desaparezco todo el mundo lo va a saber”. Mis temores eran de que trasladaran a la capital y a la tortura segura.

Esta expresión de solidaridad de los colonenses me emocionó. Hacía apenas un mes atrás, ese mismo pueblo entrerriano me había conferido el honor de homenajearme en un festival al que llamaron “Festival del Río de los Pájaros”. Y ahora estaba allí, reclamando mi libertad , en un racimo apretado de voluntades , que era como un símbolo de la hermandad de los pueblos , más allá del fanatismo separatista de los que quieren ponerle fronteras a la sangre y a los vínculos de una historia compartida. (continuará).

(*) Del libro El canto elegido. Aníbal Sampayo. Ediciones Cono Sur Press. Suecia .Marzo 1985.

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