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El Timbó, la casa y el eco de música y canciones

Escuchá el reportaje de Héctor Vicente

Su recuerdo de verlo cantar sentado en un pequeño taburete tocando la guitarra y cantando ha permanecido en nuestra memoria a pesar del paso unos cuántos años. Será que sus canciones, junto a las de sus compañeros y colegas músicos aparecían como una luz en medio de tanta oscuridad política y social de años de finales de la dictadura.

Será que su forma de cantar o de tocar la guitarra era distinto a lo que se estilaba, será que las letras de sus cancones que interpretaba nos hacían pensar, emocionar y alimentar la confianza de que íbamos a transformar la realidad, confianza que no ha disminuido de la misma forma en que siguen resonando  sus canciones  a pesar del tiempo transcurrido.

La fecha de nacimiento o de fallecimiento de un nombre destacado en lo que dedicó buena parte de su vida  no deberían ser los únicos momentos para recordarlo o para resaltar sus aportes.

Las canciones y los artículos  escritos por Jorge Lazaroff, siguen cuestionando  lo establecido, lo impuesto. Siguen siendo estímulo para las transformaciones.

En Solymar, en la casa construida por sus padres  cuando en la zona solo había arena y poquísimas viviendas, compartió también junto a sus hermanos.

Pasado el tiempo  vivió con su compañera Cecilia  y su hijo Andrés. Esa casa fue lugar de innumerables encuentros de músicos e intérpretes contemporáneos del “cantor con raíces en la arena” como el mismo se indentificaba.

Su hijo, también músico, generosamente nos abrió las puertas de la casa de  calle Márquez Castro, donde él y su familia viven actualmente y nos mostró la guitarra del Choncho, construida por Hilario Barrera, luthier de la ciudad de Pando, apreciado por la calidad de sus instrumentos y su don de buena gente.  Andrés también conserva el piano vertical , que será restaurado, y que fuera de su padre.

Este árbol lo plantó mi padre cuando yo nací, dice Andrés, junto al enorme Timbó con su pequeña hija en brazos.

Escuchar y difundir la obra de Jorge Lazaroff es algo que se debería hacer durante todo el año.

Un espacio público, en Solymar, lo recuerda.  

HVA.

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