La maquinaria fue vendida y los trabajadores quedaron afectados.
Fábrica de quesos Nueva Helvecia confirmó su cierre definitivo el 17 de septiembre, según informó el medio local Helvecia y lo replicó Uruguay Al Día, poniendo fin a décadas de producción y a la historia de la marca Alpa.
El remate realizado en abril y la posterior transferencia de equipos a una empresa de Tacuarembó precipitaron un desenlace que ahora deja a trabajadores y a la comunidad en situación de incertidumbre.
Fundada en 1950 bajo el nombre Alpa, la planta fue durante largos años un referente de la actividad láctea regional y logró colocar productos con amplia presencia nacional. En los noventa la fábrica llegó a sostener más de 80 puestos de trabajo, exportar parte de su producción y sumar tecnología que, para la época, la posicionó como una de las más modernas de la zona.
La crisis que terminó en este cierre no es de un día: se acumularon errores empresariales, cambios de propiedad y tensiones financieras que vienen de décadas, con picos críticos a comienzos de los 2000 cuando la marca Alpa fue vendida y la planta debió reinventarse bajo otros rótulos. Aunque hubo reactivaciones posteriores, la recuperación nunca alcanzó la escala productiva previa.
En años recientes la producción se había acotado a líneas como Berna y la gama premium Rodolfo; la planta operaba con una plantilla reducida que, según medios locales, rondaba los 18 empleados. Ese achicamiento refleja el tránsito de una industria que pasó de fábricas intensivas en mano de obra a procesos más concentrados y con mayores exigencias de escala para ser rentables.
El remate judicial en abril —vinculado a deudas con créditos otorgados por República AFISA— marcó el punto de no retorno. La empresa manifestó entonces su intención de recomprar activos y continuar operando, pero no consiguió respaldo financiero suficiente y la maquinaria fue vendida fuera de la localidad. Los fondos recaudados se destinaron, según la fuente local, a pagar indemnizaciones, proveedores y compromisos legales pendientes.
La salida de equipos a otra región formaliza un fenómeno común: cuando la infraestructura se dispersa, la posibilidad de reactivar la producción en el lugar de origen se vuelve sustancialmente más compleja. Traer la planta de vuelta exige no sólo capital sino voluntad política local y un plan de negocios distinto al que la condujo a la debacle.
El impacto sobre la ciudad y su hinterland será inmediato. Más allá del desempleo directo, pierden tracción pequeños proveedores de insumos, transportistas, comercios y servicios que gravitan alrededor de la fábrica. Para una localidad del tamaño de Nueva Helvecia, la clausura de una planta emblemática se traduce en menor movimiento económico y erosión de redes productivas que cuestan mucho reorganizar.
Los ex trabajadores reclaman certezas sobre indemnizaciones y el cumplimiento de obligaciones legales; al mismo tiempo, la comunidad exige transparencia sobre el destino de los recursos del remate y las condiciones en que se ejecutaron las ventas de activos. En ámbitos sindicales y municipales piden también mesas de diálogo para explorar alternativas de reindustrialización o reconversión de los espacios fabriles.

