Argentina, Estados Unidos, México 2025. Dirección: Lucrecia Martel. Guion: Maria Alché, Lucrecia Martel. Fotografía: Ernesto de Carvalho, Federico Lastra.
Por Sabrina Chipponere
El pasado lunes 6, en el Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay (FCIU), se realizó la segunda proyección de Nuestra Tierra, la última obra de la directora Lucrecia Martel con la que da el salto al género documental. A sala llena, la santa de Cinemateca —como aún da testimonio el mural de la ex Cinemateca 18— demostró que su inquietud por abrirse camino en este nuevo terreno no responde a una pulsión exploradora ni lúdica, sino a la urgencia y la necesidad.
Nuestra Tierra sigue el juicio por la muerte de Javier Chocobar, líder de la comunidad indígena Chuschagasta, asesinado durante un intento de desalojo de su pueblo en Tucumán. A partir de ese caso, Martel procede a organizar el film con materiales diversos (imágenes del territorio, registros del juicio, archivos y testimonios) sin perder eje narrativo.
El procedimiento no es novedoso pero está bien administrado. El montaje establece correlaciones entre los discursos al apelar a repeticiones y superposición de significados. Los primeros minutos dan la impresión de estar por ver un true crime en donde el conflicto se resuelve una vez declarados los culpables; nos muestra la sala de juicio, el archivo fílmico del crimen, las víctimas y los victimarios.
Este panorama se vuelve insuficiente cuando Martel decide colocar en primer plano los testimonios de vida de Chuschagasta. En ese momento, las varias secuencias tomadas por drones de los pastizales, las montañas, el prado y las canteras, pasan a resignificar una identidad, un patrimonio compartido y una memoria. En su materia prima, pone en cuestión el historicismo; si Charles Victor-Langlois y Charles Seignobos escribían en Introducción a los estudios históricos que “La historia son los documentos. (…) Porque nada suple a los documentos, y donde no los hay, no hay historia”, Nuestra tierra interroga qué ocurre cuando esos documentos ignoran sistemáticamente la existencia de pueblos que han habitado el territorio por generaciones, cuando lo escrito no cuenta con sus presencias y relata una historia en la que ellos no participan. Más que una refutación o una certeza, el film ensaya una pregunta: ¿Qué realidad se construye cuando el discurso hegemónico domina la historia?
El formato documental deja entrever que la realidad es tan palpable que no hace falta inventar nada. “Solo quiero decirles que la historia nos puso en esta encrucijada. Yo ahora hubiera querido jubilarme, estar en la playa, ustedes los jóvenes seguramente tendrán la misma aspiración, pero nos tocó este tiempo”, dijo la cineasta durante la rueda de prensa en el Festival de Venecia. El tiempo presente es de un horror tal que la responsabilidad recae nuevamente en el cine como puente hacia la realidad.
Es de urgencia hacer documentales de la misma manera que las ficciones; el documental no es, como muchos gustan llamar formalmente: «no-ficción». Dónde se coloca la cámara, dónde se corta en el montaje, son decisiones centrales de la narración a la hora de elegir qué argumento es el prioritario. En el film de Lucrecia, en un momento dado, alguien de parte de los acusados reclama no haber sido avisada de la filmación y manifiesta que la presencia de una cámara vuelve al juicio “un circo”, sentencia que reivindica, sin mayor declamación que la propia escena, el acto de filmar como lo plantea Susan Sontag en Sobre la fotografía “La cámara convierte a todo el mundo en turista de la realidad de los demás, y finalmente en la propia”. Es tomar partido por nada más que el registro de los hechos.
Con Nuestra Tierra Lucrecia Martel profundiza de manera directa una preocupación ética y política ya presente desde La Ciénaga (2002), pasando por Nueva Argirópolis (2010), hasta Zama (2017), películas en donde las estructuras de poder ya están puestas en cuestión. Solo cabe ponderar en el compromiso de una investigación de catorce años que expone el colonialismo aún presente en el sistema jurídico argentino, junto con la historia de una violencia sistemática.

