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Interrogatorio y guitarreada (2)*

2ª Parte (*)

Aníbal Sampayo junto a Olof Palme, Primer Ministro de Suecia y su esposa Lisbeth Palme, en Suecia.

La policía me trató bien y en forma correcta. El Jefe dio orden a la guardia de cebarme mate, invitándome luego a hacer un poco de música. Esto mitigó bastante la situación tensa que habían creado los primeros interrogatorios, en un espadeo de preguntas y respuestas que sacaban chispas y que se dilató en hora y media larga.

Esta guitarreada fue para mí una contienda histórica, en cuyo match –jerarca policial versus detenido-, me tocó la suerte de ganar. Uno de los jefes, el más joven, tenía buena voz, era santiagueño y, a los pocos minutos, ya estábamos prendidos de una chacarera de los hermanos Díaz.

La peña íntima, entre canción y canción, era matizada por algunas preguntas que el jefe principal , quería hacer aparentar como curiosidad particular y sin importancia.

-Usted sabe que los Tupamaros son de derecha?.

-Si usted lo dice.

-¿Y a usted que le parece?. ¿Quienes son los Tupamaros?.

-Vea jefe. De los tupamaros lo único que sé, es que eran gente de José Artigas.

-Esos los de antes. ¿Y los de ahora?-

-Bueno, de los de ahora lo que lo que sé, es por los periódicos, que dicen que es gente que sigue a un líder popular, de nombre Raúl Sendic.

Devenía luego un expectante silencio, que se me antojaba algo parecido a un filoso bisturí penetrando en la delicada tela del cerebro. Un pequeño descuido y podía acabar en desastre.

Volvía a atacar yo, prolongando las posibilidades que podían favorecerme, haciendo olvidar a los jefes, por momentos, su objetivo fundamental, el de saber más . Y rompía el silencio.

-¿Qué le parece, jefe, tocaremos otra cosita?. ¿No sabe El arriero o Zambita pa´ Don Rosendo?.

Creo que nunca le di tanto al arpa y a la guitarra como esa vez. Gastamos todo el repertorio conocido y por conocer y, además, inventé polcas en el momento y chamamés por cantidades industriales.

Como decía Martín Fierro: “no hay como el peligro, pa´ refrescar a un mamao”. Y yo podría parafrasear, diciendo: “No hay como el peligro pa´ estimular la inspiración”. El piripi del aparato de comunicaciones seguía modificando mis oídos, pero sim resultado alguno que pudiera terminar con mi cautiverio.

Al fin optaron por liberarme, a las doce horas después de haberme contenido. Al salir en libertad me obsequiaron con un disco de Dorival Caymi, atención que retribuí, dándoles a mi vez, una partitura recién editada de mi canción Hasta la victoria, con la carátula en la que que venía la fotografía de Mercedes Sosa y que autografié a su pedido.

Hubiera sido lindo que esos hombres de la policía, tan amantes de la música y la poesía, no se hubieran manchado las manos con las tortura, y el asesinato, como muchos de sus colegas lo hicieron . No concibo en mi mente, la más mínima idea de que, hombres sensibles al arte y a la cultura -fruto del más puro esfuerzo intelectual de la criatura humana-, retrocedan al grado mas inferior, que el de los seres irracionales que matan por necesidad, pero no torturan a sus víctimas. Sólo el hombre es capaz de estas atrocidades, y lo peor de todo, es que lo hace en nombre de la justicia y de la libertad.

Un mes después, el 27 de mayo de 1972, caía preso en Paysandú , para recobrar la libertad luego de ocho años y medio.

Más tarde, dos meses después de aquella caída, una tarde me llevaron vendado y esposado, a un interrogatorio que, por las preguntas  que me hacían, tuve la certeza de que me encontraba frente a mis antiguos captores de la Prefectura entrerriana.

-Hace un mes usted estuvo detenido en Colón, Entre Ríos.

-Usted lo ha dicho.

-¿Cómo lo trataron por allá?.

-Bien, guitarreamos todo el día. Llegué a Paysandú con los toquitos de los dedos

-¿Ah, sí, eh?. Mire que bien!

-¿Usted es el cantor o el otro?

-No, nosotros somos otros. Venimos desde Buenos Aires.

Me hicieron otras preguntas nada importantes y se marcharon.

Este caso me hacía reflexionar sobre la gente y su forma de pensar, a veces, con respecto a la verdad de los hechos. Cuando recién empezaba a cantar, dijeron que “me iba a morir de hambre con la guitarra”. Luego que me rodaron bien las cosas, “que le cantaba  los pobres y andaba en camioneta de rico”. Después que caí preso, “tan bien que estaba, meterse en eso!”.

Otra señora me atajó un día diciéndome: “Linda camioneta  m´hijo. Cómo dan las canciones de protesta, eh?”. A lo que le respondí: “señora, estos fieritos los adquirí con los derechos de Rio de los pájaros y Quichororó, que son de los más inofensivos.

Cómo podía explicarle a aquella mujer que la cáscara guardaba una pulpa más nutritiva de lo que ella podía percibir con su mal intencionada pregunta. A la señora le pasaba lo que a un sargento que había en el cuartel, que me comentaba,  en broma: “Yo siempre pensaba, cuando lo veía pasar a don Aníbal, que era extraño que una camioneta tan nueva, tuviera tanto ruido a fierro”.

Cosas de la vida, ¿no?

(*) Del libro El canto elegido. Aníbal Sampayo. Ediciones Cono Sur Press. Suecia .Marzo 1985.

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