Durante la semana que duró el Festival Cinematográfico Internacional del Uruguay hubo muchos colaboradores veteranos entre las butacas. Gente que luego ha hecho carrera en la cultura, cuyas primeras armas fueron, por ejemplo, pegar hueveras en la construcción de la Cinemateca de Lorenzo Carnelli, o trabajar por amor al arte en los distintos departamentos de la institución, que por aquellos años (70’s, y hasta hace no tanto), siempre estaba por desaparecer. Uno de ellos es el primer encargado del Centro de Documentación de Cinemateca (CDC) el Lic. Eduardo Correa. Su presencia en el Festival fue modesta; anónimo no solo para los nuevos públicos sino también para algunos de los socios vitalicios. Participó, ante todo, como un espectador.
Tras coincidir en funciones, particularmente Eloy de la Iglesia, adicto al cine (2025) del cineasta vasco Gaizka Urresti, la complicidad fue instantánea, el intercambio de contactos natural, y el compartir una mesa del Bar Facal (18 y Yí) a unas pocas cuadras de Radio Centenario, una tarde noche del 14 de abril, fue revelador en lo que Correa significa para la historia —generalmente invisible— de Cinemateca Uruguaya.
A continuación la entrevista realizada por Gabriel García Berriel para Radio Centenario.
EL FCIU Y SU HISTORIA
Vos que has estado viendo más o menos 3 películas al día ¿Qué te ha parecido esta 44ª edición del festival?
Muy pero muy buena, sinceramente muy buena. Tuve pocas decepciones de esas cosas que vos decís, «Ay, ¿para qué elegí esto pudiendo haber elegido esto otro?».
¿Alguna que quieras mencionar con nombre y apellido?
Bueno, sí, la china: Resurrección. Tal vez yo estaba cansado, puede ser, pero me resultó excesivamente larga. Nada más son como 3 partes o 4 partes, recién en la cuarta encontré algún sentido. Lo que sí me gustó fue el guiño de humor de haberla programado un Viernes Santo, Resurrección. Y también hicieron algo con otra película que también la programaron un Domingo de Ramos, una cosa así. Y después la de Jude, la de Radu Jude, el rumano, Drácula, me resultó excesiva.
¿Excesiva en qué ámbito?
En ese humor ramplón, ese humor que al principio uno dice, «Ah, mirá, cómo está rompiendo códigos», en fin. Pero llega un momento en que está rompiendo todo, o sea, se extralimita, no se contiene. Entonces cae en la cosa más chabacana. Y así lo mantiene, o sea, mantiene durante toda la película ese tono. Una pena. Pero fueron esas dos.
¿Cuáles serían los límites de «irse»?
¿De soltarse la cadena?
¿Hasta cuándo hay fuelle? Capaz nombrar algún autor que vos digas: este director maneja bien, el tipo suelta la cadena hasta donde hay que soltarla.
Sí, los españoles. Este, ¿cómo es? Segura. Santiago Segura me parece que juega en ese sentido, muy al límite y a veces lo pasa pero enseguida vuelve. No es monótono. Este (Drácula) es desaforado. No sé, realmente me pareció un exceso de humor.
Y el cine más trash, por ejemplo John Waters, Pink Flamingos, ¿todo eso qué te parece?
Pero en aquello todavía, dentro de todo, habían límites (había un porqué) Exactamente. Esto a veces caía en cosas gratuitas. Decís, «¿Por qué?» Porque ciertas imágenes me resultaban agresivas, no humorísticas.
Hay directores que de repente buscan una relación más agresiva con el espectador.
Radu Jude, él es un tipo transgresor, con un humor muy filoso. Y ha dado muestras en otras películas. Se han estrenado 3 o 4 títulos, pero tiene una coherencia. Porque aparte estaba la platea bastante llena, creo que todos iban por eso.
Él es de la sección trayectoria junto con Lucrecia Martel.
Creo que estaban en esa sección, que no estaban concursando. Sí, sí, en esa sección me parece que estaban también los Dardenne. Jóvenes Madres sería el título, Jeunes Mères.
¿Viste la de Lucrecia Martel? (Nuestra Tierra)
No, no la vi, con la esperanza de que se estrene y verla. No vi el último Jarmusch tampoco, porque además coincidía que el mismo día daban la película sobre Eloy de la Iglesia, que coincidimos en la sala. Y dije “bueno ta, la de Eloy de la Iglesia no creo que tenga muchas chances de que sea dada”, aunque en Cinemateca la sorpresa siempre está presente. Pero la de Jarmusch estoy casi seguro que se va a dar. Entonces bueno, me incliné por la de Urresti, creo que es el director vasco, que me resultó un tipo interesantísimo, interesantísimo.
Nosotros lo que vivimos en el Festival fue un espacio de igualdad ¿Esto siempre fue así?
Sí, antes de repente era más protocolar, era Manuel el que presentaba el Centro Cine, creo que ahora hay una comunicación mucho más fluida. Eran salas mayores, las salas actuales son mucho más cómodas y con un tamaño más a escala. Son 8 filas, o sea que uno de la última fila puede hacerse oír y escuchar. Antes era cuando llegó Pilar Miró, con El crimen de Cuenca.
¿Vos cómo recordás El crimen de Cuenca?
Fua, fue una experiencia extrema. Aparte, en el entorno de la dictadura, ver esa película fue una de las películas duras, duras, ¿no? Toda la secuencia de la tortura es… La recuerdo ahora y da escalofrío. Era casi un cinéma vérité. Y la platea también lo sentía, mucha gente salía del cine. Yo no estuve en esa función donde alguien se desmayó y tuvieron que sacarlo.
Eso nos lo contó [Guillermo] Zapiola
Eso lo contó Guillermo y debe haber sido así. Yo no fui testigo, pero sí fui testigo de que la gente se iba, salía de la sala porque no soportaba la fuerza, la violencia de esas imágenes.
Pero entonces hay ahora un mayor acercamiento, hay otra intimidad.
Sí, y este festival también trajo gente muy importante. Y que no había ninguna barrera del estrellato. Nada. O de star system, nada por el estilo. A mí me gustó mucho lo que reflexionó Ángel Santos (Touza) de su película, Así llegó la noche (Así Chegou a Noite). Los temas que encaró. El tema de la identidad, la soledad, la creación artística, la comunicación humana. O gente, no me acuerdo ahora cómo se llamaba el director belga, Fabrice algo (Fabrice du Welz), que también me resultó gente con trayectoria.
TRABAJAR EN LA CINEMATECA
¿Vos en qué año empezaste a trabajar en el CDC?
A trabajar, trabajar, o sea contratado por la Cinemateca como funcionario, en el 82.
Antes fue una tarea que vos hacías con una compañera.
Claro, habíamos empezado a hacer una tarea de socio colaborador con Anahir Benelli, que es más, ella luego entró a trabajar en la secretaría con Manolo, con Manuel, Manolo le decían los demás, yo y los otros le decíamos Manuel Martínez Carril.
Pero siempre cariñosamente.
Sí, no era demasiado cariñoso él con nosotros, y nosotros con él (¿en serio?). Ah, había mucha tensión. Porque era una máquina. No dejaba de trabajar, era un adicto al trabajo.
Zapiola lo recuerda en algún documental: que Martínez Carril era un poco como Cary Grant en Solo los Ángeles Tienen Alas o como John Wayne en Río Bravo, que era el personaje el cual convocaba a todos los demás personajes, y que podía ser un tipo caprichoso, insoportable, que quisiera hacer mil cosas al mismo tiempo, y también, cuando se equivocaba venía y te pedía perdón. ¿Vos recordás eso? ¿Esa faceta de Manolo?
Sí, sí, claro. Yo entré en el 82, y a los 10 años, Manuel llama y me dice “Eduardo, tengo que hablar contigo —yo hacía 4 horas en ese momento y trabajaba en otra biblioteca— quisiéramos desarrollar un poco más el Centro de Documentación, la biblioteca, hace falta, si te interesa ampliar el horario a 8 horas”. Y yo no me esperaba ese planteo. Digo, “bueno Manuel, ta, déjamelo pensar, hablarlo con mi señora” porque en fin, esas cosas repercuten en la vida más allá de uno, en la rutina. Y él me dice “por supuesto, son decisiones personales y cada uno sabe que decisiones toma y por qué las toma”, lo cual me pareció muy abierto, muy ecuánime. Pocas veces me habló así, en esos términos de flexibilidad. Tampoco quiero decir que fuera un tipo autoritario para hablar, pero era alguien muy firme, que tenía las cosas muy claras: «vamos a hacer esto», y ya se movía para hacerlo y vos lo seguías.
Mi relación era muy de amor-odio. Y después, cuando ya no estaba, ocurrió como bien dice el corto Buscaglia “qué sponsor la muerte”.
¿Qué sentiste a partir de que falleció Manuel?
Y que faltaba hacer un capicúa, “amor-odio-amor”. Porque bueno, es lo que siento ahora, reconocimiento. Cada vez que voy a la sala digo “acá está el trabajo”. (La sala 2 se llama Manuel Martínez Carril). Pero más allá de ese gesto, que me parece que está bien, simbólico, concreto, real, material: eso fue el trabajo de Manolo y de mucha otra gente, de Luis Elbert, por ejemplo. De Henry Segura, Guillermo Zapiola…
Jorge Abbondanza.
Sí, pero Abbondanza no tuvo una relación muy estrecha. Tenía una relación muy amistosa con Cinemateca, nos donó cosas, materiales, documentación. Yo a Jorge lo respeto y lo recuerdo con mucho cariño, pero institucionalmente no estaba muy involucrado. Siempre mantuvo una distancia correcta. Digo, la ecuanimidad de los juicios de Abbondanza —de Jorge, como le decían sus compañeros— pasaba justamente por ahí, al final él siempre tenía una posición muy centrada; sabía dónde ubicarse.
SIN PERDER EL TIEMPO
¿Qué significa para ti Guillermo Zapiola?
Tantas mañanas trabajamos juntos, él en coordinación, yo en biblioteca, y en coordinación estaba la cafetera. Entonces yo iba a tomar café y de paso Guillermo también, y ahí estábamos media hora, él hablando y yo disfrutando de lo que fuera, y de los temas preferidos de Guillermo. Es escucharlo y disfrutarlo. Porque es un docente nato, Guillermo es un charlista, pudo haber sido Paco Espínola, yo no tuve la suerte de conocer a Paco Espínola. Y bueno, con Guillermo me pasa eso, era el Paco Espínola de mi generación digamos.
Contanos sobre la actual encargada del CDC, Guillermina Martín.
Encantadora persona, tuvimos la suerte de elegirla, de haber elegido, y haber dejado ‘la biblioteca’ —como familiarmente la conocemos— el Centro de Documentación Cinematográfica, en las mejores manos. Porque además ella le dio un impulso que no era mi objetivo, y tal vez ese impulso es un impulso hacia afuera del Centro de Documentación, más abierto al socio. En mi tiempo y con el influjo de Manuel, porque Manuel era muy conservador, él marcaba los límites con la colección, los libros no se prestaban, los libros no salían del ámbito de él. Salvo que los llevara para sacar las fotos, que un poco lo contaba Víctor Cunha cuando hablaba del armado del boletín: Manuel se llevaba los libros y él los traía.
Porque Víctor trabajó en el CBA.
Trabajó en CBA, en la imprenta donde se hacía el boletín.
¿Hubo alguien antes de vos en el CDC?
No, fui el primero. Porque la colección no estaba ordenada, no estaba clasificada, ni la colección de libros ni la colección de publicaciones periódicas. Estaban ordenadas de acuerdo a como le resultaba más cómodo a Manuel, a Guillermo: cuando llegaban las revistas ellos iban, sacaban, miraban ahí, iban y las ponían en una pila, pero no tenía una organización más racional. Cuando hice eso fue una revolución. Pero lo entendieron, porque las reuní por país, y dentro del país, en el estante, por orden alfabético, entonces era mucho más fácil ir a donde estaban todas las revistas francesas y ahí estaba L’Avant-Scène Cinéma, Cahiers, Positif, estaban juntas.
Antes estaban dispersas y cada uno sabía dónde estaban, pero bueno… Yo me encargué al inicio de eso, o también empezar a clasificar la biblioteca, la colección de libros, que ese trabajo lo sigue haciendo Guillermina. Pero mi trabajo fue más interno, más de organización primera. Guillermina lo ha continuado con la base de datos que se había hecho en aquel momento, y lo ha desarrollado mucho más.
Tensiones aparte, ¿cómo era el trabajo con Manolo?
Ah, era apasionante, era apasionante. Yo llegué ahí porque en el año 75 ya hacía unos años que estaba haciendo la Carrera de Bibliotecología, y empezaron los cursos de cinematografía en la Asociación Cristiana de Jóvenes, los domingos de mañana, que fueron los primeros cursos que hizo la Cinemateca. Y que además fue el año que se hizo una gran campaña de socios y ahí todos nos hicimos socios; éramos jóvenes.
Empezó en marzo del 75, y yo en marzo del 75 o abril ya me hice socio. Y de ahí
hasta ahora. Entonces claro, después que yo terminé la carrera y empecé a trabajar en otros lados, siempre la pasión por el cine me gustaba. Y cuando se me presentó la oportunidad, ahí ayudé a empezar a inventariar los libros de forma voluntaria.
En el 82 cuando me llaman porque querían darle un orden más racional a la biblioteca entro a trabajar 4 horas, y me di cuenta que era lo que más me gustaba: trabajar en mi profesión en una materia que me gustó siempre. Y terminé jubilándome.
Estuve media vida. Y después que me jubilé empecé a disfrutar más la sala porque al tener más tiempo puedo ver más cine. Que antes no, cuando trabajaba era más limitado.

