La policía reprimió a los ricoteros que se acercaron a Plaza de Mayo , y la despedida estuvo opacada por la represión , los palos y los gases que empleó la policía
La Plaza de Mayo se había convertido en un punto de encuentro para despedir al Indio Solari. Pero la jornada de homenaje al exlíder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota fue interrumpida de manera abrupta cuando la Policía de la Ciudad desplegó un operativo para desalojar a los asistentes. La tarde, que había empezado con canciones, abrazos y recuerdos compartidos, terminó marcada por los gases lacrimógenos, las corridas y los momentos de tensión.
Desde temprano, fanáticos de distintas edades llegaron al centro porteño con banderas, remeras y canciones que marcaron generaciones. La idea era compartir una despedida colectiva para uno de los artistas más influyentes de la música argentina. Pero la jornada cambió de tono cuando las fuerzas de seguridad avanzaron sobre la concentración para dispersarla.

Las imágenes mostraron momentos de tensión. Entre los presentes había familias enteras, chicos y personas mayores que fueron para participar del homenaje. Varios asistentes cuestionaron el accionar policial y aseguraron que la convocatoria se desarrollaba de manera pacífica.
La elección de Plaza de Mayo tampoco fue casual. Para buena parte del universo ricotero, ese espacio representa mucho más que un punto de encuentro. Forma parte de una historia compartida de movilizaciones, expresiones populares y rituales colectivos que acompañaron durante décadas la trayectoria de Solari. Canciones y despedida en Parque Leloir
El refugio del Indio Solari se convirtió en un santuario popular. Hasta allí llegaron fans con remeras, flores, banderas y canciones para celebrar al artista que transformó el rock en una forma de pertenencia. Entre el llanto y la euforia, la mística ricotera volvió a encenderse en la vereda.
“Me dieron el alta ayer después de estar 35 días internado y me vine”. Nahuel Lencina (20) tiene un barbijo y un andador que lo ayuda a sostenerse. Se siente débil. Una bacteria lo tuvo al borde de la muerte. Debería estar en reposo, pero siente al Indio como si fuera un pariente. Lo acompañan sus padres y sus dos hermanas. Llevan remeras y banderas de su ídolo y una visible angustia. Siguieron al Indio a casi todos sus recitales. Ellos, como todos sus fans, recibieron la noticia con estupor. Sabían de la fragilidad de su salud pero los ídolos nunca mueren. Su público se quedó en shock cuando el mismo músico declaró: “El Parkinson me está pisando los talones”. El anuncio fue hace diez años en el histórico show de Tandil donde asistieron 250.000 personas, para muchos el mejor recital de la historia.

En pocas horas, la casa del Indio Solari en Parque Leloir dejó de ser una casa para convertirse en un santuario, una esquina sagrada, una estación final de esa peregrinación ricotera que durante décadas cruzó rutas, pueblos, estadios, potreros, campings, hoteles baratos y madrugadas interminables que convocaban a la familia entera. “Mirá esta foto. Estaba embarazada de ella, la más chiquita que tiene doce”, le indica a Página 12 Rosana Sartoro, una mendocina de 45 años. Nuestro mejor plan siempre fue irnos en familia a verlo a él, seguirlo donde fuera”, confiesa emocionada.
Mientras la Policía de la Provincia de Buenos Aires custodia las calles aledañas con escudos, la gente canta y baila.
Ivana Bauer es vecina de Hurlingham. Camina a paso lento junto a su bicicleta mientras le cuenta a Página 12 que su hija de 9 años se llama India en homenaje al rey del rock nacional. “En el colegio firma India Victoria Guzmán Solari. Dice que es la nieta. Le voy a decir que venga a reclamar la herencia”, se ríe.
Pasión mata solemnidad. No hay micros repletos ni pogo multitudinario. Hay música, abrazos, banderas colgadas en las ligustrinas de los vecinos, banderas y personas de todas las edades. Mabel Brito tiene 78 años y comenzó escuchar a Solari cuando su hija tenía 15. “Cuando me enteré de su muerte me subió la presión. Me vine sola para que nadie me rompa las pelotas. Dejé el celular en casa así no me joden. El Indio es una pasión que supera a Messi y a Maradona”. “Yo lo seguía a todas partes. En mi casa recibimos la Navidad y el Año nuevo con Ji Ji Ji, es nuestro himno”, acota y exhibe una colección de estampillas con la cara de su ídolo.
La Policía descargó vallas para alejar a la multitud que rinde homenaje al artista de manera absolutamente pacífica. No hay energía de amenaza alguna. La vibra es de devoción y respeto absoluto, de recordar cómo el Indio se oponía a las políticas neoliberales, de su admiración a Evita: “Soy un artista peronista. Me aburre la política. De la manera que se resuelven hoy las cosas, me da miedo. En otra oportunidad dijo: ”Creo que las fuerzas populares ya deberían estar en otra presencia, porque nos están cagando en la cara. La gente no se da cuenta de que el diablo se caga en su nariz”, declaró en la última entrevista que brindó.
Hay padres con hijos, viejos ricoteros con la mirada triste, pibes que no lo vieron nunca en vivo pero heredaron la devoción como se hereda una lengua familiar. Vienen de Laferrere, San Isidro, Villa Ballester. Todos cumplen el mismo rito: agradecerle al Indio por su música, su poesía y forma de entender el mundo.
La policía no deja avanzar a la prensa que intenta acercarse lo más posible a la casa del músico y mucho menos permite que lo hagan los seguidores de “Carlos”. Los vecinos deben mostrarle a los uniformados el documento nacional de identidad para poder entrar a sus domicilios. Desde las casas linderas se escuchan diferentes temas de Patricio Rey y Los Redonditos de Ricota, asoman banderas por las ventanas y gritos como “Viva el Indio”.
Un grupo de jubiladas coordina con uno de sus hijos para que las pase a buscar, no se quiere perder por nada del mundo la misa ricotera en Plaza de Mayo. “Mi hijo dice que estoy loca, que ya cumplí con venirme hasta acá. Se nos fue el más grande y yo hoy no pienso dormir. La poesía del Indio me sacó de la depresión. Ahora no sé qué voy a hacer sin él. Por suerte queda toda su música”, dice Elena Marcucci entre lágrimas.
Las postales son variadas. Están quienes bailan, otros que contemplan las diferentes escenas y varios vendedores ambulantes que aprovechan la ocasión para ganar algo de plata. “Ojo, soy fan desde que tengo doce años. Te puedo cantar acá mismo todas sus canciones. Pero estoy sin laburo hace casi un año y no puedo darme el lujo de no salir a vender porque tengo que mantener a mis hijos”, dice Ernesto Rizzo, un joven de veinte años. Los agentes de seguridad rodean el lugar. Para la gente, son invisibles. No hay ánimo para la pelea, solo para rendir tributo a través de testimonios, imágenes y canciones.
Marta, oriunda de Luján, avisa a las amigas con las que llegó a Parque Leloir que en Paris, donde vive su hija, están organizando un tributo. “Conocí su música gracias a mi marido y me volví adicta al Indio. Es el pueblo argentino, qué decirte. Una lástima que se mueran los buenos, ¿no? Algunos dicen que tenía una casa en Miami y lo critican. El tipo era un artista, no hizo votos de pobreza. ¿Por qué no le van a reclamar a los políticos”, reflexiona. La comunión entre los presentes que vienen de diferentes puntos del país y son todas las clases sociales es notable. No hay colores políticos.
A diferencia de lo que se esperaba, no será velado en el Congreso de la Nación. “Mejor, al Indio no le hubiera gustado. Él decía que que en el Congreso estaban los fantasmas”, asegura un hombre de unos cincuenta años. Para muchos, Solari representa a los 47 millones de argentinos y se merece una adiós patrio. Pero la conocida afinidad kirchnerista de Solari y su rechazo a Javier Milei -,a quien llegó a llamar “el enano de la moto-sierra ”-, no le cayó bien el gobierno libertario que emitió un breve pésame inicial a través del secretario de Cultura. A su comunidad ricotera, no le interesa. Algunos cantan en contra de Milei mientras otros recuerdan la lírica del autor de “El Mister y los Marsupiales Extintos”, su última canción.
“No tengo ninguna expectativa para después de estar muerto. No pienso en el futuro, vivo de la misma manera en la que vivía cuando tenía 20 años, en el presente. No se me ocurre pensar en eso y no se me ocurre saber cómo es nada. No sé cómo abarcar la muerte, es una gloria que te excede. No tengo fe en que hay un Dios, puede ser o no. Por ahí no hay nada. No tengo ni idea de la vida después de la muerte”, declaró Solari en una de sus últimas entrevistas. Recién quince minutos pasada las dos de la tarde, la Policía retiró el cuerpo. Su mujer, Virginia Mones Ruiz, con la que estuvo casado más de 40 años y su hijo Bruno, de 25, serán quienes decidan el lugar para que el pueblo ricotero pueda acercase a darle la despedida que se merece.

