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La guitarra alambrada

Aníbal Sampayo, al centro, acompañado por Mario Fernández y Ernesto Caraballo –Los Costeros- que acompañaron a Aníbal hasta el momento de su detención.

El siguiente relato de Aníbal Sampayo está incluído en “EL canto elegido”, obra  editada por Cono Sur Press en Suecia en el año 1985, y de la cual hemos venido publicando distintas narraciones y comentarios de este referente de la música de nuestro país, autor, intérprete, investigador cultural y  militante político por lo cual enfrentó la cárcel y el exilio.

Precisamente, en “La guitarra alambrada” Aníbal nos cuenta algunas de las peripecias vividas en prisión.

En este año en que se cumplen 100 años de su nacimiento en la ciudad de Paysandú un 6 de agosto, que  la publicación de estas crónicas sean homenaje y reivindicación de su obra cultural y de su compromiso político y social.

Las celdas medían 1.80 por 1.20, estaban construidas con costaneras de árboles y tenían por techo alambre de púas.

En aquella dura situación, fuera de todo cuanto un preso puede añorar, echaba de menos mi guitarra. Se me ocurrió entonces fabricarme algo para hacer ejercicios que me permitieran mover los dedos  de las manos, las que, a causa de los plantones y colgaduras de las muñecas, me habían quedado torpes y acalambradas.

Esa mañana, mientras componía una melodía, silbando por lo bajo, tuve una idea. Observan la pata de la tarima en la que dormía, pensé que eso justamente era lo que faltaba. Pero claro, ¿cómo no se me había ocurrido antes.

La pata de la tarima sería el futuro diapasón de mi guitarra. Necesitaba además una caja de resonancia y entonces se me prendió de nuevo la chispa salvadora. Recordé que el compañero de la celda vecina tenía envases vacíos de un remedio que tomaba como colagogo.

-Che, Perico-le susurré entre las tablas de la celda, ¿tenés un envase vacío de ese remedio que tomás?.

-Sí, hermano, tengo-y desclavando las tablas de la celda, me alcanzó el envase, preguntándome: ¿vas a hacer un embudo.

.No, es para otra cosa. Ya lo vas a ver.

Cuando tuve el frasco entre mis manos, destornillé entonces la pata de la tarima, até ésta al frasco de colagogo, puso un clavo doblado, que cumpliría la función de clavija y, con un pedazo de tanza que, seguramente había perdido algún milico mojarrero, quedó listo mi primer instrumento carcelario. Lo bauticé con el nombre de Gogosón, resultado etimológico de gogo (por colagogo) y son (por sonido).

Listo ya, con una ansiedad de música reprimida por tanto tiempo , ataqué con “Nueve de Julio”, el viejo y querido tango. Luego de la ejecución los setenta compañeros rompieron en aplausos desde sus celdas, motivo que alertó a los milicos, los que entraron como enloquecidos  a buscar el clandestino instrumento. Ante el peligro que se avecinaba , desarmé rápidamente el Gogosón y quedé a la expectativa de los acontecimientos .

Abrieron la puerta de mi celda y entró un soldado.

-¿Dónde está el aparato?, indagó.

-¿Que aparato?, contesté.

-No se haga el loco; ¡entréguelo!, volvió a insistir.

-Yo no tengo aparato alguno.

-¡El oficial dice que es usted!, contraatacó de nuevo.

-Y yo digo que yo no soy, le aseguré.

Hizo una minuciosa requisa por los recovecos  de la celda y al no encontrar absolutamente nada me amenazó:

-¡Apenas oiga de nuevo la guitarrita , usted marcha p’al plantón!.

Era conveniente, por el momento, acallar el instrumento, por lo que hice una pausa, quedándome en la celda en silencio, a la espera de una nueva oportunidad en la que fuera posible pulsar el Gogosón.

Más tarde llegó milico joven, que había tenido con los presos actitudes solidarias y me dijo:

-Che mostrame el aparatito. Yo no te lo voy a quitar. Sólo tengo curiosidad por verlo. Soy músico de la banda y quiero saber cómo lo fabricaste.

-Bueno-empecé diciendo-, esta pata de la tarima es el mango de la guitarra y este frasquito es la caja. Sencillito ¿viste?.

-Ah, si?, y las cuerdas?.

-No tiene cuerdas. El sonido que ustedes oyeron fue producido por mi garganta, imitando la cuerda. No te lo vuelvo a reproducir porque me van a sancionar. Me miró, frunció los labios, movió la cabeza, en un gesto de desaprobación y me aconsejó:

-Abrí el ojo porque te tienen y te van a joder.

El comandante que parecía conocer el asunto, por vía de los propios oficiales, se acercó a mi celda una mañana . Lo acompañaba una comitiva de la Escuela Militar, entre ellos varios coroneles , y me confirmó una noticia, que me la dio haciendo un demagógico gesto de bondad.

-Le vamos a dejar entrar su guitarra, así no anda tocando en guitarritas de plástico.

Una tarde, después de una visita de familiares, me entregaron la guitarra.

La tuve solo tres días conmigo.

Se me ocurrió una nochecita , después del rancho, invitar a los compañeros a realizar un concurso de cantores. Cada uno cantaría desde su celda y yo, desde la mía, sería el animador, acompañando con mi guitarra a los participantes.

La actuación comenzó con gran entusiasmo. Contaba con el beneplácito de la guardia que escuchaba y seguía con atención las distintas interpretaciones de los concursantes. Todo iba marchando viento en popa, cuando un tal Higinio se largó con Orejano, de Serafín J.García y los Olima, y todo el mundo fue a parar al plantón.

Al día siguiente un sargento se marchó con mi guitarra y ya no volví a pulsar el instrumento hasta que llegué al Penal de Libertad.

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